Academia Paraguaya de la Lengua Española
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Conferencia de Ingreso del Académico Bernardo Neri Farina

Discurso ante la Academia Paraguaya de la Lengua Española

Las redes sociales y la dinámica de la lengua

Bernardo Neri Farina

 Martes 6 de marzo del 2018

Señor presidente; señoras y señores académicos.

Es difícil eludir el tránsito por los lugares comunes, por los mil hollados caminos de la retórica de circunstancia, en momentos como éste.

Me han puesto en un lugar y en una condición cuyos atributos debo aún asimilar cabalmente en la búsqueda de los méritos reales que pudiera yo tener para estar aquí, formando parte de este tan selecto colegiado.

Va mi emocionado agradecimiento a quienes hicieron posible mi integración a esta entidad instalada el 30 de junio de 1927 para “promover y fomentar el cultivo de las bellas letras y la ilustración de la cultura literaria y filológica en lengua hispana en el Paraguay”.

En esta Academia flota la ilustre memoria de tantos hombres y mujeres: Luis De Gásperi, Marco Antonio Laconich, Carlos R. Centurión, Justo Prieto, Luis Ruffinelli,  Efraín Cardozo, Eligio Ayala, Eusebio Ayala, Cecilio Báez,  Fulgencio R. Moreno, Eloy Fariña Núñez, Delfín Chamorro, Manuel Domínguez, Teresa Lamas, Concepción Leyes de Chaves, Josefina Plá, Hugo Rodríguez Alcalá, Carlos Villagra Marsal, Ramiro Domínguez, entre tantas personalidades que dieron esplendor a la cultura de nuestro país.

En este marco no puedo evitar recordar mis orígenes, en aquella Asunción pueblerina de los años 50; los arenales que fungían de calles en mi viejo barrio San Antonio, en Sajonia; la exuberancia de aromas vegetales cuando la naturaleza viva era el escenario ideal para la infancia.

Y los vecinos poblando de solidaridad las carencias recurrentes, y nuestra fantasía infantil que derrotaba con el poderío de la imaginación a la pobreza que era casi un estado natural de los entonces suburbios asuncenos.

Y las revistas de historieta que comenzaron a obligarme a tomar tiempos sedentarios en medio del trajín de los juegos físicos. Y aquel libro de Edgar Rice Burroughs que me transportó al mundo de los grandes monos y los elefantes a los que dibujaba en mi imaginación que comenzaba a estallar en mil imágenes fabuladas.

Y la bibliotequita de mi abuela desde donde Julio Verne me transportaba  al centro de la tierra o a la luna y me convertía en un capitán de ultramar a los 15 años.

Y ese encuentro estelar con Jean Valjean cuando una siesta me quedé hojeando un libro de volumen tan grande que metía susto. Ese personaje portentoso me atrapó con sus manazas y su fuerza descomunal y su carácter; y me presentó páginas más adelante a Gavroche, el mita’i de las calles de París que luego terminaría siendo un mártir revolucionario, y de cuya ternura terminaría yo enamorándome para toda la vida. Sí, en la bibliotequita de mi abuela me encontré con Victor Hugo que me hizo devorar su novela insignia, “Los miserables”, que se me fue grabando en el alma durante extendidas sesiones vespertinas en las ramas del yvapovô del fondo de mi casa. Fue un largo y sostenido ritual de iniciación en la lectura casi compulsiva que me llevaría de libro en libro a la inagotable travesía de navegar mares, cruzar diversas fronteras, amar y también ser amado, sentir pesar y alegría, como diría mi recordado amigo Emigdio Ayala Báez, admirable compositor y cantante.

Y luego mi querido colegio Monseñor Lasagna, donde cursé la secundaria permanentemente conmovido por la angustia mensual de mi abuela que debía cubrir la cuota apelando a milagros financieros.

Ahí me encontré con el mejor profesor de literatura que tuve, el hermano coadjutor Félix de la Fuente, maestro español, el hombre que me condujo a ese lugar de la Mancha donde vivía el adorable hidalgo, flaco, alto y gloriosamente loco. Gracias al hermano de la Fuente, conocí siendo yo muy joven a Don Quijote de la Mancha, quien me enseñó que la locura es una condición insoslayable para entender la vida. Y, al mismo tiempo, don Miguel de Cervantes, su bienaventurado creador, me expuso la verdad de que la lengua española posee la prodigiosa facultad de exhibir un mundo expresivo que es un portento.

Tengo tantos agradecimientos que no me bastaría esta noche para nombrar a quienes debo un gracias bien sentido. Y tengo tantos recuerdos. Recuerdos de seres que ya no están y que me hubiera gustado que esta noche estuvieran físicamente conmigo.

Y entre quienes ya no están, recuerdo con devoción a quien me precedió en el lugar que hoy humildemente vengo a ocupar.

Ella es nada menos que Gladys Carmagnola, una de las más notables voces de la poesía que diera el Paraguay.

La conocí personalmente a Gladys recién en este siglo, cuando ella ya era una celebridad poética, en la dimensión en que puede ser célebre una poeta en nuestro país. Tras la publicación de mi primer libro se me acercó un día con la sencillez de las personas nobles a elogiar mi trabajo. Ese gesto nunca dejó de habitar en mi espíritu agradecido, y se vio alimentado permanentemente con su sonrisa de gente buena que me obsequiaba cada vez que nos veíamos.

Gladys Carmagnola nació el 2 de enero de 1939 en la ciudad de Guarambaré, aunque se proclamó ciudadana de Cualquierparte, ese lugar imaginario que ella creó en su fabulación poética y donde convergían todas sus memorias queridas.

Gladys era la alegría misma y se brindaba con generosidad. Esa actitud de alegría permanente se reflejó en gran medida en su obra, aunque la misma no suele ser condimento efectivo para alcanzar altura poética. Un rastreo rápido por la poesía del mundo nos sugiere casi una aseveración de que la felicidad o el bien-estar no son ingredientes habituales en la buena lírica. Gladys se atrevió a cantar estos sentimientos o maneras de estar en el mundo con tanta pasión y hondura, que pudo conquistar la viva admiración de críticos y lectores. Como en ese Poema de la celebración, poemario en que derrama y comparte generosamente su gozo de vivir, como cuando dice:

Celebro pues que estoy viva y despierta, / los libros de poemas, el frío y el calor… y que continúa en un inventario sensible conmovedor.

Sin embargo, Gladys Carmagnola fue una persona que conoció el sufrimiento durante los tiempos oscuros que soportó nuestro país. Ella habló también de esas marcas dolorosas que tenían sus recuerdos o su realidad más cercana, pero parecía hacerlo desde ese sentimiento tan cristiano del perdón, desde un “Territorio Esmeralda” en que todo se dulcifica como en un remanso y adquiere la transparencia de las cosas redimidas.

Gladys se fue más pronto de lo que hubiéramos querido, demasiado pronto para lo que su exuberante espíritu y su honda vocación prometían, pero el tiempo le alcanzó para dejarnos una vasta obra que registra desde sus deliciosos poemarios para niños, hasta los enraizados en ese amplio territorio del amor que su sensibilidad recorrió. Y le alcanzó para recoger el más alto reconocimiento de los maestros, como el de Hugo Rodríguez Alcalá, quien le dedicó uno de sus admirables ensayos y la bautizó con ese título digno de una gran poeta: “Embajadora del viento y de la lluvia…”.

La exigente mirada de Josefina no la olvidó, sino al contrario, la destacó vivamente en sus sesudos análisis y acuñó a su vez un título tan singular y admirable como el de Rodríguez Alcalá: “Poetisa por la gracia de Dios”.

Por la gracia de Dios, la poesía de Gladys Carmagnola todavía se atreve a inaugurar la esperanza y nos sigue iluminando con versos tales como estos:

¿Es herejía confiar/ en que la Eternidad aguarda/ y allí podré seguir acumulando sílabas/ de gratitud, de ruego, de alabanza?

Limpia, fija y da esplendor

Todas las lenguas están en permanente estado de adoptantes de términos de otros idiomas, desde los lejanos tiempos en que la cultura se transmitía de región a región gracias a las guerras de conquista y al comercio. No existe lengua pura. Aún la de los pueblos más aislados recibe en algún momento una expresión foránea que traspasa las resistencias.

Tampoco hay un idioma inmutable y absolutamente perfecto desde el momento en que la belleza y la practicidad son siempre perfectibles. Un idioma cambia al ritmo en que cambia la sociedad que lo habla.

Para la adopción de términos de otros idiomas importan la riqueza de la palabra y su condición expresiva en cuanto a la cosa o situación que describe. Cosa es causa, según la etimología latina de la primera de estas palabras, y como tal origina objetos, sujetos, formas, unidades, entidades, organismos, cuerpos, esencias, sustancias. Y suscita nombres. Y abre el idioma para que reciba entes filológicos que lo van abasteciendo, intensificando, enriqueciendo y generándole cada vez mayor funcionalidad práctica. De la pureza original que pudo haber tenido en su idioma nativo el término adoptado, su nuevo hogar, es decir, la lengua que lo recibe, le concede una aplicabilidad que bien puede ser la misma de su procedencia u otra relativamente nueva.

Un idioma se nutre de vocablos creados por el pueblo ante la abstracción y concepción de ideas novedosas, de sentimientos, de renovadas formas de aserción; de conceptos que van madurando conforme madura y se expande la conciencia humana. Se vigoriza también con las exigencias de las novedades utilitarias cotidianas, técnicas, tecnológicas, científicas y de otra índole, y de los extranjerismos que van siendo asimilados en caso de no hallarse sucedáneos exactos en la lengua adoptante.

La dinámica del idioma es la dinámica de la vida. Somos lo que son nuestras palabras y lo que éstas refieren y definen. El cómo hablamos habla por nosotros y de nosotros. De nuestra historia y nuestra circunstancia.

Al hablar o escribir ejercemos la memoria idiomática que se agita en la mente. Es un tránsito de palabras que fluye desde nuestro conocimiento y se dirige a los demás para expresar lo que somos, en primer lugar, y lo que conocemos, en segundo término; y lo que deseamos y promovemos, posteriormente.

La historia de la humanidad es la historia de la palabra, sea en el idioma que fuere, en cuanto a retrato gráfico u oral que va trazando el acaecer humano.

Cuando decimos “piedra” podemos remitirnos al tiempo en que este elemento sirvió al ser humano como instrumento para modificar su ambiente. Cuando decimos “fuego”, podríamos remitirnos a la era cuando el ser humano lo descubrió para revolucionar su forma de vida. Estas dos palabras, hoy cotidianas y claramente españolas, proceden etimológicamente del padre latín y su significado supera el de la mera “cosa” para proyectarse a la dimensión histórica.

Los descubrimientos humanos han originado términos que quedaron registrados definitivamente. Así como la constante sucesión de cambios y evoluciones ha motivado la desaparición de palabras que describían creaciones humanas hoy ya inexistentes o inaplicables.

El idioma, en este caso específico el español y puntualmente el castellano, no ha parado de crecer y adaptarse; de recibir aportes desde afuera y de aportar lo suyo desde su nutriente propia para que otras lenguas también se robustecieran en contenido expresivo.

La literatura ha sido promotora y formidable catalizadora en la estructuración de la que luego sería la lengua española. Allá por el año 1200 apareció “El cantar del mío Cid”, de autor anónimo, libro del cual el catedrático español de literatura Luis Guarner afirma que “constituye el más antiguo documento que se conoce de la leyenda del Campeador y aun de nuestra literatura española”.

En 1605 Miguel de Cervantes dio a conocer su novela de novelas, “Don Quijote de la Mancha”, a la que el Marqués de Grimaldi calificó de “gloria del ingenio español y precioso depósito de la propiedad y energía del idioma castellano”. El idioma estaba en su esplendor en pleno Sigo de Oro con faros tales como Quevedo, Góngora, Gracián, Lope de Vega, Tirso de Molina y otros más.

La incorporación de expresiones populares, y formas poéticas, así como los neologismos a partir del latín o el griego, enriquecieron notoriamente la lengua española.

En aquel tiempo, además de su terminología latina originaria y de los aportes de lenguas regionales de lo que sería la España de hoy, el castellano atesoraba la herencia mora, la de los árabes que estuvieron por ahí durante siglos, a la que los hispanohablantes debemos numerosas palabras que hoy son totalmente nuestras: alcalde, alguacil, albacea, almacén, quilate, arroba, alfarero, albañil, acelga, naranja y limón.

Palabras como aceite, aceituna, alfombra, aduana, arroz, baño, barrio, café, chaleco, chisme, fideo, hazaña, jinete, jarra, paraíso, sandía, valija, zanahoria, son todas de origen árabe.

En un artículo publicado en el diario El País, de Madrid, el 31 de diciembre del 2005, el poeta palestino Mahmud Sobh afirmaba que en el idioma español se registran casi seis mil arabismos. Y que en la novela “Don Quijote de la Mancha” aparecen por lo menos trescientos términos de origen árabe.

Era tan grande la influencia del árabe que el propio Miguel de Cervantes, en su fabulación, señalaba que Don Quijote es apenas la traducción al español de un relato escrito por el enigmático árabe Cide Hamete Benengeli.

Desde los últimos tiempos de la Edad Media también se extendió en el castellano la influencia de la lengua francesa, que en los siglos XVII y XVIII adquirió la categoría de idioma universal de las ciencias y de la erudición. Y también, cómo no, de la gastronomía.

Palabras como restaurante, bufé, chimenea, dama, jamón, billete, fresa, botella, bulevar, consomé, higiene, quiosco, garrote, croquis, chantaje, taller, hotel, jardín, chofer, convoy, fusil, persiana; todas tienen origen francés.

Por su parte, la Revolución Industrial, iniciada en la segunda mitad del siglo XVIII en Gran Bretaña, desató un proceso de transformación tecnológica como nunca se había visto hasta entonces en el planeta, y con ello los nuevos nombres y sustantivos comenzaron a esparcirse por todos los ámbitos y a habitar en diccionarios de todas las lenguas a fuerza de uso popular y de la tarea de limpieza de las respectivas Academias. El idioma español también vivió esa transformación neológica en un avivamiento que le permitió formar parte semánticamente del nuevo mundo que afloraba.

Los nuevos nombres de artefactos y máquinas que iban apareciendo derivaban de un coctel etimológico. Por ejemplo, la palabra ferrocarril, de acuerdo con numerosos testimonios documentales a los que acudimos, procede etimológicamente de una mezcla de raíces del latín, el galo, el celta y hasta el sánscrito, esto último, según nos lo dice don Manuel Rodríguez-Navas y Carrasco (1848 – 1922), ilustre filólogo, romanista, lexicógrafo y traductor español.

Ya en el siglo XX la ciencia se disparó en su capacidad  innovadora y los nuevos descubrimientos e inventos cambiaron totalmente las formas de vida, y además acrecentaron los diccionarios con la llegada de nuevos términos en la nomenclatura técnica y en el repertorio de nombres aplicados a los elementos, instrumentos y artefactos que iban aflorando.

En esos tiempos, el imperio colonial dominante era el británico, y por lo tanto la lengua inglesa iba ganando predominio. Pese al recurrente recurso de acudir a las raíces latinas y griegas para nominar los artilugios y dispositivos nuevos que iban siendo descubiertos o inventados, el idioma inglés se abría paso como lengua preponderante.

Sin embargo, varias voces inglesas pudieron encontrar su sucedáneo en español: así, la sewing machine pasó a ser la máquina de coser, y la typewriter, que no tuvo una palabra exacta que la nominara en español, pasó a ser conocida como máquina de escribir. Este último aparato nos dejó un verbo entonces neológico: teclear, ya que no existía, lógicamente, una traducción literal de to type, que en inglés traduce eso de escribir a máquina. Teclear se usó exclusivamente en el sentido de utilizar las teclas de la máquina de escribir, ya que a nadie se le ocurrió, por ejemplo, decir “me voy a teclear” por “me voy a tocar el piano” estando este instrumento dotado de teclas para su ejecución.

Ese verbo teclear pasó a ser sustituido casi unánimemente por otro verbo neológico: tipear, que figura ya en la edición vigesimoprimera del diccionario de la RAE (1992) como un verbo transitivo cuyo origen está en países de Sudamérica, entre los que no figura el Paraguay. De ahí también proviene el sustantivo “tipeo” (ejemplo: “hubo un error de tipeo”).

A comienzos del siglo XX los deportes también impusieron nomenclatura de origen anglo al español. Así, el fútbol, por ejemplo. El fútbol, desde su propia imposición como deporte de vigencia planetaria, y desde su mismo nombre, cedió términos anglos a nuestro idioma castellano que no se han sustituido. Durante muchísimo tiempo los periódicos españoles quisieron, por ejemplo, imponer el término castellano “balompié” y no lo lograron. La gente siguió diciendo fútbol, y en fútbol quedó.

Muchas personas mayores que reniegan de los extranjerismos, van a un estadio de fútbol y se pasan gritando: córner, réfere o, peor aún, orsái, laiman, con lo cual destruyen no solo el español sino también el mismísimo inglés. O cuando refieren a un futbolista de excepción afirman que es un verdadero crack.

La publicidad hizo lo suyo en la adopción de anglicismos, aunque en esta actividad hubo mucho más de esnobismo (que es una palabra derivada del inglés y a su vez una conjunción de dos palabras latinas: sine nobilitate), que falta de palabras o frases sustitutas en español. Así nos llenamos de show room, car wash, happy hour, fried chicken, frendly house, pet shop, fashion style y demás. Pero creo que el anglicismo en la publicidad es una especie de enfermedad que está pasando. El español y hasta el guaraní van ganando terreno en marcas y tiendas de moda.

Un aspecto que debemos destacar los paraguayos es que el idioma español también adoptó palabras de la lengua guaraní. Un ejemplo clásico es el término “curuvica”, que en el diccionario de la Academia aparece con el significado de “Fragmento diminuto que resulta de la trituración de una piedra, y, por extensión, de cualquier otro material sólido”. Curuvica viene de la palabra guaraní kuruvi, que quiere decir “fragmento, trozo muy pequeño”.

Hay otras palabras de pueblos originarios de América que el idioma español adoptó con el tiempo, como por ejemplo; chocolate, hule (náhuatl), maíz, patata (taíno), caucho, puma (quechua), tabaco (arahuaca), butaca y barbacoa (caribe) y muchísimas más.

La computadora e Internet

Puede que estemos viviendo la más impetuosa era de cambios en la comunicación humana, desde que el mundo es mundo, como diría gente antigua. La humanidad nunca dejó de vivir variaciones constantes, pero en este tiempo esas variaciones se dan a un ritmo de vértigo. Tanto, que muchas veces hay cambios que no se sienten porque lo nuevo desapareció antes de que se arraigara. Esta es una era de lo velozmente desechable. Ocurre incluso con algunas palabras.

¿Se acuerdan de los casetes y de los disquetes? El diccionario de la RAE incorporó en su momento esos términos y continúan ahí. Sin embargo, hoy ambos elementos son piezas de arqueología cibernética. Pasaron al olvido en demasiado breve tiempo. Pero fueron palabras adoptadas desde la tecnología y desde su procedencia foránea. Y fueron castellanizadas porque no tenían sustituto apropiado en español. Era hasta inapropiado decir “cajita” o “disquito”. Duraron mucho menos de lo que duraron otras nomenclaturas de origen extranjero.

Uno adopta los nombres tecnológicos o informáticos sea cual fuere su origen casi sin darse cuenta. Se hacen costumbre en muy escaso tiempo.

 Hasta hace un ratito nomás en el tiempo, los llamados movileros, es decir, cronistas radiales que salían a buscar información, estaban munidos de los walkie talkies o handy. Eran lo máximo. Hoy ya no los usan porque los teléfonos móviles tienen utilidades múltiples.

La fulminante y precipitada revolución tecnológica y comunicacional de nuestros días parte de ese artefacto que hoy llamamos computadora, cuyo nombre procede, según aducen los estudiosos, del latín putare, de donde saltó al inglés para convertirse en computer y que se interpreta como “calcular”. La palabra pasó al español como computadora. El diccionario de la RAE le agrega el adjetivo “electrónica” y la define como “Máquina electrónica que, mediante determinados programas, permite almacenar y tratar información, y resolver problemas de diversa índole”. En España es más usual el término “ordenador”.

De acuerdo con algunos estudios científicos, la palabra “computadora”, en idioma inglés, ya se utilizaba en el siglo XVII y se aplicaba a las personas que hacían cálculos. Hacia 1860 comenzó a hablarse de computadoras mecánicas en el sentido de aparatos para hacer cálculos. Las primeras computadoras con el sentido utilitario que conocemos ahora se construyeron en los años 30 del siglo pasado y han evolucionado desde los inmensos y lentos armatostes de los primeros tiempos, hasta las piezas más ligeras o notebooks (término no registrado aún en el diccionario de la RAE) o tablets que en la RAE está traducida como “tableta”, aunque en el idioma cotidiano el término anglo tablet no induce a interpretación equívoca alguna mientras que “tableta”, sí.

Ya estando en operación la computadora como factor primario de la revolución que se aproximaba, en los años 60 comenzó a desarrollarse el otro factor: la red de interconexión entre computadoras: internet, que posibilitó que en los años 90 surgiera otro componente adicional que potenció más a internet: la comúnmente llamada web o world wide web, la amplia red mundial. El término inglés web figura en el diccionario de la RAE, en la parte de informática, con el significado de “red informática”. Todo un símbolo de que el idioma español no podía escapar de la red, de esa telaraña de neologismos provenientes del inglés que iba atrapando a este conglomerado de factores tecnológicos nuevos.

La instalación de internet y las redes en los teléfonos móviles ha democratizado absolutamente el acceso a la tecnología y diseminó a lo largo del planeta, traspasando idiomas, neologismos multilingües desde el momento en que se creaba una palabra con raíces de diversas procedencias para significar algo similar en diferentes regiones de la Tierra cuyos idiomas no eran comunes entre sí.

Al mismo tiempo, en el caso específico del idioma español, la tecnología dio nuevas acepciones a palabras antiguas. Un ejemplo aparece en el uso del término “arrobar” en la red twitter. En el diccionario de la RAE, arrobar significa embelesar, o, en otro caso, pesar en arrobas. Pero en el uso común de hoy es marcar la dirección de twitter de una persona en un texto para que esa persona reciba directamente el mensaje. Ejemplo: “puse una información en mi twitter y la arrobé a varios colegas”. El diccionario de la RAE aún no incorporó esta acepción. Pero seguramente lo hará en su versión digital en poco tiempo más.

La irrupción de los aparatos digitales y la conectividad que genera la tecnología de hoy ha originado lo que algunos estudiosos llaman la tecnofilia, una adicción que lleva a la dependencia compulsiva de las redes. Y a la dependencia también de esa terminología flotadora.

La tecnología avanza con una velocidad extrema y eso produce confusiones en el lenguaje. Hay palabras que nacen de un día para otro y que ni siquiera llegan al habla popular.

Hoy se habla, por ejemplo, de una residencia “domotizada”, que es aquella cuyas funciones se controlan mediante un panel o vía Smartphone. El nuevo verbo “domotizar” no accedió aún al Olimpo del diccionario, y no sabemos si tendrá tiempo de hacerlo, dado que mañana o pasado podría aparecer otro tipo de funcionamiento que lo desplace.

Gracias a la tecnología instalada en las redes, hoy se habla del “prosumidor”. Qué es un “prosumidor”: nada más que un consumidor que ya está enterado de todos los detalles del producto que va a adquirir, gracias a una aplicación en su teléfono móvil que le advierte sobre su disponibilidad, su calidad y su precio. ¿Veremos el término “prosumidor” en nuestro diccionario? Veremos si lo vemos.

La palabra “aplicación” tiene, mediante la tecnología digital, un nuevo significado, que ya está en el diccionario de la RAE como cuarta acepción en informática: “Programa preparado para una utilización específica, como el pago de nóminas, el tratamiento de textos, etc”.

Un término que ya se ha viralizado en la web pero todavía no se viralizó en el diccionario es “viralizar”, cuyo significado casi todos entienden por su uso corriente relativo a las redes.

Por el contrario, ya están insertos en el diccionario de la Lengua Española,  en el grupo de informática, los vocablos módem, web y software, a los que no se halló, por lo visto, un símil español exacto, aunque en sustitución de web se suele utilizar de manera corriente la palabra “red” en su significación informática.

Las redes han creado una nueva tribu, la de los influencers. Hoy se habla de ellos como neohéroes que esparcen información; son personas que lograron notoriedad en YouTube, en un blog o twitter y son utilizadas en campañas de márketing (otro anglicismo) para visibilizar y popularizar marcas o acontecimientos. Influencer no existe en el diccionario. La palabra podría ser traducida al español como “influyente”. Pero en su original sentido inglés, influencer adquiere una connotación tan especial que no es lograda por el término español “influyente”. Aquí entra ya a tallar el juego de las acepciones puntuales. Una cosa similar sucede con el vocablo “mouse”, cuya traducción directa es “ratón”. Pero cuando digo “mouse”, automáticamente quien oiga la palabra sabe que me refiero a ese mecanismo que sirve para mover el cursor en la computadora. Y esa interpretación facilita la comunicación.

El gran navegador Google ha producido la palabra “googlear”, que ya tiene enorme popularidad. La aplicación WhatsApp motivó el “whatsappear” o el “enviame un whatsapp”.

Muchas personas tienen su blog, término que ya figura en el diccionario como “sitio web que incluye, a modo de diario personal de su autor o autores, contenidos de su interés, actualizados con frecuencia y a menudo comentados por los lectores”. De blog ha derivado bloguero o bloguera (palabras también ya aceptadas en el diccionario, como “persona que crea o gestiona un blog”).

La influencia de las nuevas tecnologías no pasa solamente por la creación de nuevas palabras sino por las nuevas acepciones que provocó en palabras ya conocidas y que hoy están asentadas en el diccionario, como el caso de “virus”, “antivirus”, “aplicación”, “configuración”, “digitalizar”, “editar”, “entorno”, “hipertexto”.

Si escribo en twitter estoy enviando un tuit, neologismo inscripto en el diccionario. Nuestro diccionario ya inscribió también “emoticono”, que deriva del popular “emoticón”  y que se define como “representación de una expresión facial que se utiliza en mensajes electrónicos para aludir al estado de ánimo del remitente”.

Hay términos clásicos de las redes que ya se usan traducidos oficiosamente al español, como “followers” (seguidores), “trending topic” (tendencia). “like” (me gusta) o “hashtag” (etiqueta), aunque en este último caso predomina aún el uso del término inglés en todo nuestro continente.

Ya sabemos, gracias al diccionario de la RAE, que el neologismo “chat”, asumido en español como término informático, significa “intercambio de mensajes electrónicos a través de internet que permite establecer una conversación entre dos o varias personas”.

Hay quienes aluden que, debido al fogoso ritmo de aparición de vocablos en materias tan cambiantes, habría que tomarse el tiempo antes de registrar las novedades en un diccionario que quiere ser la norma hispanohablante. En algunos casos nos encontramos ante un vocabulario muy volátil, que aparece y desaparece en muy corto tiempo.

Algo que nos debería llevar a una reflexión muy seria es que si nos negáramos a admitir la influencia de las redes, éstas terminarán por gobernarnos y maniatarnos. Lo imperioso es que nos involucremos para tratar de conducir el bólido con el fin de que no se salga de cauce, pues las redes son el transporte de la humanidad, hoy día.

Hay quienes indican que desde las redes se está fundando una especie de subidioma que tiene la dificultad de no ser entendida por las personas que no están en las redes o que no las frecuentan. Pero, ¿no será solo que el lenguaje se está transformando simplemente porque el mundo se está transformando? Si hiciéramos un ejercicio: ¿cuántos de nosotros comprenderíamos cabal y totalmente el castellano original en que fue escrito “El cantar del mío Cid”? ¡Cuánto se ha transformado la lengua española desde aquellos siglos en que se estaba formando estructuralmente hasta este siglo XXI!

En el periódico digital Panorama Cultural, de setiembre del 2013, el docente y crítico literario colombiano José Luis Hernández Valledupar afirmaba que el lenguaje es algo vivo, un sistema de comunicación que se adapta a los tiempos y se impregna inevitablemente de las últimas modas o tendencias.

Sostenía además que “en nuestro contexto, la irrupción de las nuevas tecnologías es uno de los factores más importantes de cambio en nuestras costumbres diarias y nuestra forma de expresarnos”.

Agregaría yo a esto la antiquísima sentencia bíblica Nihil novum sub sole, No hay nada nuevo bajo el sol si repasáramos lo ocurrido con nuestro idioma a lo largo de su historia. La única diferencia estaría en que las intromisiones foráneas se dan hoy de una manera más brusca y casi imprevista. Como atropellando.

La Real Academia Española ha sido hasta hoy inteligentemente hospitalaria para las locuciones llegadas desde afuera. Las recibió con amabilidad y las convirtió, armónicamente, en parte de nuestra gran familia idiomática, cada vez más rica en cantidad y calidad expresiva.

En medio de cualquier tipo de polémica que pueda establecerse en torno a las redes en cuanto a hacedoras de nuevas formas de expresión, podemos afirmar que las nuevas tecnologías de la información y la comunicación han reverdecido la palabra escrita, que a través de ellas logró, nuevamente, una importancia decisiva tras haber sido desplazada, durante varios años, por lo exclusivamente audiovisual.

Se aducirá, y con razón, que por lo general se escribe bastante mal en las redes. Pero hasta en eso la cosa ha ido decantándose en algo. En un principio teníamos una saturación de abreviaturas totalmente arbitrarias y que eran en verdad espantosas. Pero hubo reacciones contra eso y hoy se diría que muchas personas hacen un esfuerzo para escribir lo más correctamente posible ante el riesgo de exponer su ignorancia a la intemperie y verse criticadas hasta con crueldad.

CONCLUSIÓN

Las revoluciones anteriores a la actual revolución tecnológica creaban nomenclaturas, nombres nuevos que respondían a nuevos elementos que entraban a formar parte de la vida de la humanidad. La revolución tecnológica de hoy afecta la manera de comunicarse entre los seres humanos, y por lo tanto afecta directamente a la lengua. La Academia debe imponerse la exigencia de sostener las formas idiomáticas, gramaticales, ortográficas y sintácticas para que todo ese torrente de voces no desborde los cauces naturales de nuestro idioma, genere un caos y abra una grieta lingüística inmanejable.

La revolución digital que vivimos puede hacer que los idiomas se acerquen unos a otros merced a los significados similares de las voces novedosas que se van formando, pero puede también, en contrapartida, hacer que entremos en una nueva Babel en la que cada tribu cree formas expresivas propias y herméticas y se desencadenen diferencias diatópicas insalvables.

Pero más que sujetarnos a una visión apocalíptica y meramente quejumbrosa, habría que ir haciendo memoria de cómo el idioma español fue asimilando lo que le vino de afuera desde sus orígenes como lengua hasta hoy, pasando por todas las influencias y todas las revoluciones tecnológicas y semánticas. La lengua española se fue enriqueciendo con los aportes de otras lenguas, gracias a que la Academia, entendida como el conjunto de la española y las demás entidades locales, ha sabido mantener la unidad formal sin destruir características ni idiosincrasias propias.

El gran trabajo que le espera a la Academia es cómo hacer que tantos términos tecnológicos, casi todos extranjerismos, no fragmenten la lengua española.

Ciertamente, la acogida de nuevos extranjerismos supone para el idioma una riqueza lingüística obvia, ya que muchas de estas nuevas palabras cubren realidades que no se podían cubrir con palabras propias del español, según aseveraba David Giménez Folqués, de la Universidad de Valencia.

La Academia, al mantener la cohesión de las formas en el marco de una dosificación exacta de las influencias nuevas sobre nuestro modo de expresarnos, no debe renunciar jamás a su lema de fija, limpia y da esplendor a nuestra antigua, querida y siempre viva lengua española.

Muchas gracias.