Academia Paraguaya de la Lengua Española
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EL PROVENIR DEL CASTELLANO EN EL PARAGUAY

D. Manuel E. B. Argüello

Con motivo del Día del Idioma se realizaron diversos actos recordatorios, pero faltó que, con tal motivo, se pusiera a funcionar un programa bien orientado y pertrechado, con proyecciones nacionales, en defensa del Castellano. Nuestra maravillosa lengua, tal vez la de sonoridades más armoniosas, languidece en manos no siempre bien adiestradas para utilizarla.

I. EL PARAGUAY: ¿UN PAÍS BILINGÜE?

Con harta frecuencia se oye y se lee, que el Paraguay es una nación bilingüe, y hubo alguien que dijo que es trilingüe. De ser el país bilingüe, sería maravilloso, y trilingüe, aún más. Pero ¿cuáles son las dos lenguas, o las tres? Se contesta así: el castellano, el guaraní y el jopara. Al punto surge la pregunta: ¿son las dos primeras o las tres habladas por la totalidad de la población del país? Según las estadísticas, hay quienes sólo hablan el castellano, quienes sólo el guaraní. ¿Y el jopara? Pues mirando bien las cosas parece ser que el jopara es la lengua nacional, porque es la que se oye desde los ámbitos universitarios hasta los ranchos y las sementeras. Esta uniformidad lingüística debería satisfacernos, pues sería la prueba de una unidad idiomática muy apta, por ello, para la buena y total comprensión entre los habitantes de un país. Pero ¿qué es el jopara como estructura verbal? La mezcla de dos lenguas heredadas de nuestros padres españoles y de nuestras madres guaraníes. Esta tercera lengua no surgió de la suma de las otras dos, sino de la resta hecha en la gramática y en el léxico de ambas. Naturalmente, tal situación idiomática tiende a desplazar, por igual, al castellano y al guaraní. Si analizamos nuestra situación idiomática con rigor, veríamos este panorama desalentador: que en todos los niveles de la vida nacional estamos empleando una lengua híbrida y deteriorada y a la que se vienen sumando porteñismos y, últimamente, brasileñismos.

II. CASTELLANO: ¡QUÉ HERMOSO ERES!

Sí, sin duda, y quien lo hable con cierto cuidado notará de inmediato que está en posesión de uno de los idiomas más formidables creados por el hombre. Hijo dilecto del latín, los aportes de numerosos idiomas antiguos y modernos, hacen del castellano una lengua densa, pero flexible, de compleja gramática, pero, por eso mismo, capaz de cubrir todas las circunstancias culturales a las que deberá servir como vehículo.
El Nuevo Mundo, colonizado por españoles, cuyo castellano estaba cruzando por el Siglo de Oro, conserva hasta la fecha palabras que, aunque calificadas de arcaicas, hablan a las claras de nuestra legítima filiación lingüística. América, desde el Canadá hasta la Argentina, es un gigantesco panorama humano, geográfico, cultural y lingüístico hasta ahora no bien domeñado y aprovechado. Todo este caudal se ha vertido en el castellano que, de este modo, ve sus velas henchidas de nuevas y riquísimas posibilidades de cosecha verbal.
El Paraguay, al igual que sus hermanas de lengua, asume un compromiso de carácter permanente: el de cuidar la lengua común. Quienes salen a caminar por otras tierras (y el paraguayo últimamente se ha vuelto muy andariego), sabe muy bien qué agradable es poder conversar, sin angustias, libremente, con las personas que encuentran a su paso. Ser turista, en estas condiciones, es alcanzar esa plenitud de experiencias que uno espera yendo a otros países. Destacar este hecho ya es razón excedente para que comprendamos la absoluta necesidad de que en los países de habla castellana no existen marcadas diferencias lingüísticas. Los regionalismos dan sabor al habla, pero jamás deberán ir más allá del simple colorido local. Los regionalismos tienden, como las fronteras, a levantar murallas idiomáticas; y toda muralla, ya lo sabemos, divide, separa, enclaustra, oprime, estanca y termina por agotar.

III. ¿QUIÉN CUIDA DE NUESTRO CASTELLANO?

La palabra es la más poderosa herramienta que ha inventado el hombre para progresar. Gracias a la palabra el hombre dejó las cavernas y gracias a la palabra está en estos momentos en los umbrales de las estrellas.
Si las cosas son así, ¿qué hacemos, como país, en favor del castellano? ¿Quién cuida de él? ¿Hay una preocupación general por mantenerlo libre de polvo, hojarasca e impurezas? ¿Disponemos instituciones que lo preserven y lo difundan en sus formas más puras y perfectas? ¿Tenemos publicaciones especializadas? ¿Son los diarios, revistas, emisiones de radio y televisión, los más cuidadosos de su uso? ¿Los centros de docencia a nivel primario, secundario y universitario se caracterizan por su eficiencia en el uso, en la orientación y en la enseñanza del castellano? ¿Dispone la Academia Paraguaya de la Lengua de todos los recursos necesarios para el fiel cumplimiento de la tarea que le incumbe? ¿Hay publicaciones sostenidas por el Ministerio de Educación o la Municipalidad, y en las que de manera sistemática se difunda el buen decir? Todas estas preguntas tienen como única respuesta un rotundo no. Nadie cuida del castellano de manera ordenada y permanente.

IV. UN LARGO CAMINO, PERO ¡EMPECEMOS!

Nuestro castellano debe ser rescatado de sus implacables depredadores. La primera gran fuente de errores y maltratos la tenemos en los centros de docencia. Es costumbre de larga data el que los profesores de las asignaturas llamadas “científicas”, por considerarlo ajeno a la médula de sus respectivas materias, no cuiden su castellano ni el de sus alumnos, perpetuando y acrecentando, a despecho de los profesores de castellano, los errores del habla. Si la palabra es la primera y principal –y a veces única– manera de ponernos en contacto o de traducir la realidad en términos comprensibles, salta a la vista que el poco dominio de la lengua llevará a una pobre descodificación del contenido de cada una de las ciencias que componen el saber humano. La segunda fuente proviene de la errada actitud de quienes, por haraganería mental, dicen que el habla puede pasar por cualquier trance y que debe dejarse a la gente hablar de cualquier manera. Estos son los demagogos de la lengua y por coquetear y quedar bien con lo supuestamente popular, apañan toda laya de desaciertos idiomáticos.
El camino, viendo sus dificultades, se nos presenta largo y espinoso, sin embargo no debe llevarnos a la desazón o a un estéril dejarse estar. Alguien debe dar la palada inicial. Es más, considero que son muchas las personas que comparten estas preocupaciones en torno de nuestro castellano y que estarían dispuestas a prestar amplio apoyo a las iniciativas que surjan en este sentido. La tarea es incitante y puesta a caminar terminaría por ganar a la nación entera.
En esta acción conjunta y sin mayores molestias, podrían las autoridades nacionales y las municipales, los periódicos y las emisoras de radio y televisión, las industrias y el comercio, la Coca Cola y la Pepsi, los representantes de whiskies y cigarrillos y los promotores de tantos y tantos espectáculos deportivos, aunando esfuerzos y buena voluntad, instituir premios, menciones, diplomas, etc., para todos aquellos que desde la cátedra, la prensa, el escenario o desde sus respectivos cargos o representaciones (diputados, senadores, ediles), ya por hacer uso de un pulcro castellano o por dedicarle una atención preferente en el desempeño de sus funciones, se hagan acreedores de una distinción que los destaque a los ojos del país y sirvan, a la vez, de guía y ejemplo para la nación entera.
A nadie escapa que el gran atractivo del deporte es su carácter competitivo. Cada domingo, desde la cancha o desde las graderías, dos equipos y dos hinchadas van a probar habilidades y entusiasmo.
Démosle también al castellano este toque de competición, y hagamos de su correcto uso un inquietante deporte lingüístico, en el que los goles de la victoria serán de todos y para todos.

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D. Manuel E. B. Argüello es Académico de Número de la Academia Paraguaya de la Lengua Española y Correspondiente de la Real Academia de Madrid.

Boletín de la Academia Paraguaya de la Lengua Española – Volumen 3, 2006