Academia Paraguaya de la Lengua Española
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ESPAÑOL, LENGUA PARA LA IDENTIDAD Y LA RESISTENCIA

Gustavo Rivarola Laterza

Hace unos mil años comenzó a conformarse en las fronteras meridionales de los reinos cristianos hispanos una lengua singular, el romance castellano, distanciándose paulatinamente de sus hermanas de sangre, el romance asturiano, el leonés, el gallego, el lusitano, el aragonés, el catalán. Siglos después adquirió la denominación de lengua vulgar, para distinguirse del latín, instrumento erudito, documental, aunque ya no coloquial. Finalmente, unificadas Castilla, Galicia, Navarra y Aragón bajo una sola férula y convertida España en potencia europea, fue efecto espontáneo que la lengua común de las autoridades y representantes de España acabara conocida y mentada por lengua española. Hacia la misma época el toscano se haría el idioma de los italianos y el oîl, hablado en Île de France, se convertiría en el francés.
A finales del siglo XV todos los textos latinos que se editaban para España eran traducidos al español y así se hacía constar en las portadas. El término castellano comenzó entonces a transitar hacia el arcaísmo; y estaría así durante más de cuatro siglos, hasta que la militancia nacionalista, que incorporó la lengua a su arsenal de armas de combate, exhumó el nombre castellano, lo tildó con la equis del enemigo al que debe enfrentarse, derrotar y, si fuera posible, confinar de nuevo a sus fronteras nativas, a encerrarla a los recónditos andurriales de las montañas, colinas y valles originarios, pretensión tan descaminada en la Historia como la mente de quienes la alientan.
Ciertamente el origen del nombre español se asocia inevitablemente al ímpetu del imperio que fundan Isabel y Fernando, y que se expande con él hasta alcanzar, con su nieto Carlos, los confines del globo terráqueo. Se sabe que Isabel la Católica todavía llamaba castellano a la lengua que hablaba; y que preguntándole la reina a Nebrija cuál sería la utilidad de una gramática castellana, si hasta entonces sólo la poseían y requerían las conocidas como lenguas doctrinales (griego, latín, hebreo), el consejero Fray Hernando de Talavera se anticipó en responder: “después que Vuestra Alteza metiese debajo de su yugo muchos pueblos bárbaros y naciones de peregrinas lenguas, y con el vencimiento aquellos tendrían necesidad de recibir las leyes que vencedor pone al vencido, y con ellas nuestra lengua, entonces por esta mi Arte podrían venir en conocimiento de ella, como agora nosotros deprendemos el arte de la gramática latina para deprender el latín”.
Tan certera y clarividente resultó la perspicacia de Nebrija y Fray Hernando de Talavera que mucho antes de lo que suponían acaeció lo que anunciaron a la reina pues, según refiere un cronista, Carlos I, ya emperador de medio mundo y estando en Roma (1536), pronunció un discurso ante el Papa Pablo III y todo el cuerpo de embajadores europeos empleando exclusivamente el español; y que como el embajador francés se quejara de no haberlo entendido, el emperador declaró entonces: “No espere de mí otras palabras que de mi lengua española, la cual es tan noble que merece ser sabida y entendida de todo gente cristiana”.
Los particularismos y la prosodia que usamos aquí en su mayor parte no provinieron de Castilla, sino de Andalucía, Extremadura y Canarias. De andalucismo se trata la “ye” con que porteños y uruguayos pronuncian la elle, lo mismo que nuestro común seseo, y el vos por tú, y el ustedes por vosotros. Sin embargo el che nos vino de Valencia.
Menéndez Pidal prefiere pensar que los del vos es un vulgarismo, al que el trago de esa de con que los chilenos se dan un festín en las terminaciones “ado” y ”edo”, o la diptongación de hiatos que perpetran algunos argentinos, como bandonión, en vez de bandoneón; o en el famoso hubieron en vez del hubo. En cuanto a la ese final de los plurales, a la que los paraguayos dejamos en peligro de extinción luego de una larga guerra de exterminio, su aspiración o supresión responde tanto a la influencia andaluza como a la italiana y –no olvidar– al guaraní.
No se trata de cristalizar la lengua o pretender mantener el habla congelada en el tiempo, lo que es imposible, por otra parte. Pero si celebramos la creatividad y el ingenio que van transformando y enriqueciendo el acervo semántico haciéndolo vario, pintoresco, estimulante, y en nombre del pluralismo somos hasta tolerantes con lo grotesco, con la Sintaxis tenemos la obligación de mantenernos racionales, prudentes y estrictos, acordando al menos sujetarnos a reglas mínimas, condición necesaria para continuar compartiendo el mismo código de comunicación con el que edificamos la convivencia y pretendemos la cohesión.
Las lenguas en general, y la española en particular, poseen símbolos provistos de una fuerza misteriosa, que se alojan en algún rincón ignoto de la personalidad, produciendo efectos prodigiosos (que hace a los vendedores tan interesados en averiguar cómo funciona el mecanismo). Por medio de esa fuerza y de esa vía nos identificamos con ideas, valores, tendencias, actitudes y gustos; pero su gobierno no nos pertenece a ninguno en particular, sino a las naciones, que las van generando en el transcurso de su evolución cultural. Pese a esto –que es tan sabido– con un empeño tan tenaz como inútil, no cejan todavía aquellos revolucionarios que confían en que lograrán manipular la lengua en sus gabinetes para modelarla convenientemente a sus creencias, ideologías o apetencias.
Lo históricamente dado es que hoy en América Latina perviven dos lenguas comunes, la española y la portuguesa, que cinco siglos atrás fueron herramienta de conquista y dominación, pero que ahora son fundamento y sustento de cualquier proyecto de integración. Y pilares de identidad y resistencia a la globalización, a la alienación, a las imposiciones y a los demás instrumentos conocidos de los intentos de hegemonía por la cultura. Preservándolas nos preservamos y defendiéndolas nos defendemos.
Recuérdese, sólo de paso y porque es pertinente, que Carlos era flamenco y que esta era su lengua madre nativa; y que ungido rey de España llegó a ella con 17 años, rodeado de un séquito de funcionarios germanos que cuidaban mantener su vía de comunicación como símbolo de poder y código de exclusión política, elementos que, juntos con otros, acabaron por generar el clima adecuado para el fermento de la revolución de los Comuneros, las germanías valencianas y otras insurrecciones contra el “rey extranjero”.
La célebre Gramática del sevillano Elio Antonio de Nebrija (Antonio Martínez de Cala) se publicó en 1492, por lo que no tuvo tiempo de hacerse de un sitio en las carabelas colombinas, como pretendiera Augusto Roa Bastos en “La Vigilia del Almirante”, detalle por el que, en su momento, este escritor recibió alguna tonta objeción de lenteadores (como decimos aquí) de pifias cronológicas, de esos críticos que, en pos de un realismo cuadriculado quieren a la creatividad literaria tiranizada por el calendario y otros moldes.
Curioso e ilustrativo resulta asimismo el hecho de que Cristóbal Colón se expresara en español cuatro años antes de que se afincase en España, lo que se conoce por las misivas remitidas por el almirante a los reyes, que merecieran comentarios de Menéndez Pidal (España y su Historia; tomo II), en los cuales se controvierte –a mi modo de ver de un modo irrefutable– la hipótesis de que Colón habría sido español, fundado precisamente en el empleo ligeramente italianizante de la lengua hispana que hacía el genovés.
En los últimos tramos del siglo XV pues, aun conviven las denominaciones romance castellano, lengua vulgar y español. El mismo Colón, en una de aquellas cartas, traduce el significado del Gran Kahn (a quien se proponía nada menos que convertir al catolicismo) diciendo que “en nuestro romance significa Rey de Reyes”.
Pero durante el siglo XVI casi nadie recuerda ya el término castellano. “El romance de nuestra hispanya”, “Il nostro spagnuolo idioma”, en toda Europa y hasta en Palestina se conoce, estudia, transcribe y traduce el español, la lengua más hablada en el reino más poderoso, lo que no implicaba soslayamiento de las demás, ya que “Esta lengua, de la cual damos aquí preceptos, se llama Española. Llámase así, no porque en toda España se hable una sola lengua que sea universal, porque hay otras muchas lenguas, sino porque la mayor parte de España la habla” (Útil y breve institución para aprender los principios y fundamentos de la lengua Española. Lovaina. 1555)
Bien arguye Luca de Tena al afirmar que Cristóbal Colón salió de la España en la Edad Media y retornó a ella en la Edad Moderna; y no refiriéndose a la transición cronológica, por supuesto, sino al de la mentalidad. Y que el gran almirante era ingenuamente crédulo como un hombre medieval, pero simultáneamente observador curioso, analítico y racional como un hombre moderno. De la lengua hispana querría yo afirmar lo mismo. El romance castellano fue el hablar de los reinos, principados, condados y señoríos medievales, el español fue la lengua del imperio global y moderno.
Y tanto fue así que su expansión por el mundo no impidió que el castellano prosiguiera su evolución doméstica, de tal suerte que los localismos en la cuenca alta del Duero, en la meseta leonesa, en las llanuras de La Mancha o en los montes Cantábricos, desde Santander hasta Ciudad Real, y desde Logroño hasta Badajoz, hoy difieran tanto de los de México, Paraguay o Canarias, como entre sí los de las antiguas provincias iberoamericanas de ultramar. ¡Cómo no sentirse privilegiado con tanta riqueza!

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Boletín de la Academia Paraguaya de la Lengua Española. Volumen 5, 2008