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LA CONFUSIÓN DE SEXO Y GÉNERO (regresar al índice)
D. Jesús Ruiz Nestosa

El 25 de diciembre de 1832, Charles Darwin, mientras navegaba en el Beagle a la altura del Cabo de Hornos, anotó en su diario: “(…) los que venían en la canoa que acabo de citar estaban completamente desnudos, incluso una mujer que con ellos iba. Caía la lluvia a torrentes, y mezclándose el agua dulce con la espuma del mar, resbalaba por el cuerpo de aquella mujer” (1). El padre Antonio Ruiz de Montoya escribe en el título completo de su “Apología en defensa de la doctrina cristiana en lengua guaraní”, en 1651: “Apología de la doctrina cristiana que en la lengua guaraní tradujo el venerable padre Fray Luis de Bolaños, de la familia franciscana, por orden de la sínodo que el Ilmo. Señor D. fr. Martín Ignacio de Loyola, Obispo del Paraguay celebró en la ciudad de la Asunción, el año de 1603. Y fue aprobada por la sínodo que celebró el Ilmo. Señor D. fr. Cristóbal de Aresti, el año de 1631, en que se volvió a encomendar el uso de este dicho catecismo que hasta ayer corrió limpio de achaques y hoy lo ensucia un autor anónimo”(2).
Darwin no se equivoca al señalar que en el grupo de hombres había también una mujer porque está frente a una variante de sexo y sus características son universales, no discrecionales e invariables. El padre Montoya se equivoca al señalar el género de “sínodo” como femenino porque está frente a una variante de género, cuyas características son particulares y arbitrarias. Se ha puesto de moda, posiblemente por la presión de movimientos feministas, la utilización de la fórmula “perspectiva de género”, que consiste en suprimir la modalidad de síntesis gracias a la cual se pluraliza en masculino y dividirla en femenino y masculino. Es decir, para referirme a un grupo de alumnos que reúne muchachos y chicas, debo decir “alumnos y alumnas” y así sucesivamente.
Esta práctica no debe ser relacionada con las aspiraciones de igualdad entre hombres y mujeres. Porque ésta tiene que ver con el sexo, que es algo biológico. Y decir “alumnos y alumnas” es un fenómeno emparentado con el género que es el resultado de una norma de la gramática. Por lo tanto, es erróneo hablar de “perspectiva de género”. Lo correcto es hablar de “perspectiva de sexo”.
En la “Gramática de la Lengua Española”, editada por la Real Academia Española, cuando se refiere a género, en ningún momento se afirma que se trate de una “forma que reciben las palabras para indicar el sexo”, tal como lo indican algunos diccionarios, el “Pequeño Larousse” entre ellos. En la gramática aludida se señala el género como “un accidente o morfema que caracteriza al sustantivo” (3).
Señala también dicha gramática que habitualmente se diferencia el género masculino del femenino por la terminación /o/ y /a/, respectivamente. “Gato / gata, jarro / jarra, león / leona” y aclara inmediatamente que esta distinción no es definitiva ya que tenemos sustantivos que terminan en /o/ y, sin embargo, son femeninos como el caso de “mano, radio, moto, foto” y existen sustantivos que terminan en /a/ y son masculinos como “día, clima, fantasma, mapa, programa, fonema, poeta” (4).
El Diccionario de la Real Academia señala al final de las siete acepciones que le otorga al vocablo “género”: “Género femenino: El de los nombres substantivos que significan personas y algunas veces animales del sexo femenino. También el de otros nombres de seres inanimados”. Y más adelante dice del género masculino: “El de los nombres que significan personas y algunas veces animales del sexo masculino y también el de otros nombres de seres inanimados”. Por lo tanto, el indicar si se trata de un varón o una mujer es una de las tantas funciones que cumple el sustantivo, no es la única ni tampoco la determinante del origen de su género.
El género, en la lengua, está determinado por el sustantivo que resulta ser femenino o masculino, de acuerdo a una serie de situaciones, como su raíz de origen en algunos casos o por causas enteramente fortuitas. Es decir, el género es una convención absolutamente arbitraria que asumimos todos los que compartimos el uso de esta lengua. Por ejemplo, ¿qué es lo que puede determinar que el sustantivo “escalera” sea femenino y no masculino? En otras palabras, el género está dado por una calidad gramatical del sustantivo y no por el sexo de las personas. Un ejemplo claro es el que nos ofrece el alemán en el que “el niño”: “das Kind” y “la niña”: “das Mädchen”, independientemente de sus respectivos sexos, no son ni masculinos ni femeninos. Son neutros. Sin embargo, en el inglés que desconoce el género tal como lo conocemos los hispanohablantes, sucede todo lo contrario. En el diccionario “The American Heritage” encontramos que la palabra “género” se define como “tipo, clase. Categoría de una composición artística marcada por un estilo distintivo, forma o contenido…” (5)
García Messeguer señala que en el inglés no hay marca de género, sino marca de sexo. Tomemos como ejemplo el posesivo “su” y su relación con los posesivos ingleses “his / her”. Tenemos que el “su” castellano es de forma única, mientras que “his / her” son de doble forma. Pero lo que es más importante, no se trata de “his / her” de “su de él / su de ella”, sino se trata de “su de varón y su de mujer”.
De acuerdo a esta regla, decimos en inglés “Kathleen and her boyfriend are in the kitchen (Kathleen y su novio están en la cocina). La frase es sexista, ya que es la mujer que marca la forma del posesivo “sus” pues se realiza de acuerdo al sexo, mientras que en castellano la concordancia se hace por el género (6).
En algunos diccionarios menos rigurosos le otorgan al vocablo “género” la función de distinguir el sexo masculino para el varón y el sexo femenino para la mujer. La imprecisión se hace fácilmente visible, pues hay centenares de sustantivos que no tienen ninguna posibilidad de contar con un sexo y que obligatoriamente deben pertenecer a un género o a otro de acuerdo a lo que establece nuestra gramática. Por ejemplo, no se me ocurre pensar qué sexo se le puede otorgar a los objetos, no a los sustantivos, “mesa”, “silla”, “escalera”, “tenedor”, “automóvil”, “barco”, “avión”, etcétera. Incluso tropezamos con la paradoja, para decirlo de alguna manera, que las partes del cuerpo humano tienen género sin ninguna relación con el sexo. Por ejemplo: “pierna” es un sustantivo femenino, sin importar que ella sea de un varón o de una mujer. Y “brazo” es un sustantivo masculino, sin importar que pertenezca a un varón o a una mujer. Lo mismo podemos seguir diciendo de otros miembros y órganos como “cabeza”, “corazón”, “estómago”, “pulmones”, etcétera. Por lo tanto queda claro que atribuirle al género la cualidad de distinguir los sexos, es errónea. Y una anotación más. En castellano tenemos sólo dos géneros: masculino y femenino. ¿Qué pasaría entonces con el latín o el alemán que tienen también sustantivos neutros, si es que fuera realidad que el género sirve para calificar las diferencias sexuales propias del varón y la mujer?
Volviendo al caso de Darwin y del padre Montoya. No los cité por mera extravagancia, sino porque ilustra claramente el problema. Darwin, o cualquiera de nosotros, en presencia de un ser humano desnudo, no importa de dónde sea, aun de las latitudes más lejanas a las nuestras y de culturas diametralmente opuestas a nuestra cultura, no dudaremos un instante en saber si estamos en presencia de un varón o de una mujer, de una persona adulta o un impúber. Mientras que en presencia de un sustantivo en otra lengua, incluso de aquellas que provienen del latín y que llamamos lenguas romance como el castellano, el francés, el portugués, el italiano, el rumano, el catalán y el gallego, tenemos que tener algún otro tipo de información para saber si un sustantivo es masculino o femenino.
Como ejemplo podemos tomar el italiano en su relación con el castellano, donde “la sangre”, femenino, se convierte en “il sangre”, masculino. “La flor”, femenino, se convierte en “il flore”, masculino. “La leche”, femenino, se convierte en “il latte”, masculino. “la sal”, femenino, se convierte en “il sale”, masculino; o bien, “el barco”, masculino, se convierte en “la barca”, femenino. También tenemos casos similares en el francés, donde “la bandera”, femenino, se convierte en “le drapeau”, masculino. “El plato”, masculino, es “l’assiette”, femenino. “La canilla”, femenino, se convierte en “le robinet”, masculino. “Un zapato”, masculino, es “une chaussure”, femenino. “El automóvil”, masculino, se vuelve “la voiture”, femenino; o bien, “el mar”, masculino, es “la mer”, femenino.
En el caso del alemán tenemos un caso más interesante, ya que “la silla”, femenino, se convierte en “der Stuhl”, masculino. “El pizarrón”, masculino, se vuelve “die Taffel”, femenino. Pero “el teléfono”, masculino, se transforma en “das Telefon”, que es neutro. Lo mismo sucede con “el libro”, masculino, que es “das Buch” y “la bicicleta”, femenino, es “das Fahrrad”, ambos neutros. Quiero insistir en el alemán, ya que hay un hecho que no sólo pone en tela de juicio nuestros prejuicios sobre el sexo y el género en el idioma, sino también pone a prueba algunos aspectos de nuestra percepción. Podemos decir que percibimos al sol como un astro fuerte, poderoso, dominante y por eso lo designamos en castellano como masculino. Por el contrario, la luna es su opuesto y se nos presenta como un cuerpo celeste sutil, etéreo, melancólico, débil. Por eso lo designamos en castellano como femenino. Pues bien, el alemán nos desmiente estos prejuicios, ya que “el sol” es “die Sonne”, femenino; mientras que “la luna” es “der Mond”, masculino.
Estos ejemplos nos ilustran que los sustantivos no son siempre masculinos o femeninos, sino que varían en los diferentes idiomas, incluso entre aquellos que tienen una raíz en común.
Viene al caso mencionar una peculiaridad del italiano en cuanto al género y al número, ya que en dicho idioma existen sustantivos que poseen dos formas de plural. Así, hay sustantivos masculinos que tienen una forma de plural regular, es decir, en masculino. Pero también tienen un plural en femenino, pero con significado diferente. Por ejemplo: “il braccio”, singular, masculino, tiene dos plurales “i bracci”, plural, masculino, que significa los brazos de la cruz, los brazos de un río, de un candelabro; mientras que “le braccia”, plural, femenino, se refiere a los brazos del cuerpo humano. Otro caso: “il ciglio”, singular, masculino, tiene un plural regular, en masculino: “i cigli”, que en sentido figurado se refiere a los bordes de un camino, de un pozo; mientras que “le ciglia”, plural, femenino, se refiere a las cejas de los ojos. Y un último ejemplo: “il corno”, singular, masculino, en su forma “i corni”, plural, masculino, es el instrumento musical; mientras que “le corna”, plural, femenino, se refiere a los cuernos del animal. Si el género dependiera del sexo, como pretenden algunos, no sé cómo se podrían explicar tales transformaciones transexuales.
En las acepciones de la palabra “género” que ofrece el Diccionario de la Real Academia, que acabo de mencionar, señala “Género femenino: El de los nombres sustantivos que significan personas y, algunas veces, animales del sexo femenino”. Lo mismo hace con el término “masculino”. Acá debo subrayar el de “algunas veces” con que se refiere a los animales porque existen especies que tienen nada más que el femenino: “serpiente”, “víbora”, “lechuza”, “jirafa”, “liebre”, “llama”, “vicuña”, “hiena”. O por el contrario, solamente masculino: “carpincho”, “elefante”, “rinoceronte”, “cocodrilo”, “cuervo”, “avestruz” y muchos otros más. La única manera de diferenciarlos es agregándoles el apelativo “macho” o “hembra”, según los casos. “Es un carpincho macho” o “es un carpincho hembra”. O bien, “es una jirafa macho” o “es una jirafa hembra”. Fíjense que en este caso no pierde su género, ya que seguimos diciendo “una jirafa”, aun en el caso de que sea macho; o “un carpincho”, aun en el caso de que sea hembra.
Un hecho curioso se plantea también con los animales. Si decimos: “La hiena amamanta a sus crías porque es un mamífero”, no nos resulta llamativo por tratarse de nombre femenino. Pero si decimos; “El elefante amamanta a sus crías”, nos parece chocante por el uso del artículo y el nombre masculinos.
La separación de género y sexo está de manera muy clara en el hecho de que podemos decir de un varón “bella”, “traicionera”, “ambiciosa” y muchos otros calificativos femeninos. Por ejemplo, es correcto decir: “Juan es una bella persona”, “Gustavo es una persona traicionera”, “Federico es una fiera con las mujeres”, “Andrés es una cotorra en la oficina”. También podemos aplicar calificativos masculinos a una mujer: “Susana es un ser tenebroso”, “Marta es un caso perdido”, “Lucía es un espárrago de flaca”, “Marilyn es un símbolo sexual”, “Juanita es un ser muy austero”.
Tenemos además un buen número de sustantivos que por razones de cacofonía cambian su artículo. Así, cuando comienzan con la letra “a” y son femeninos, cambian el artículo femenino por el masculino, pero no pierden su género. Por ejemplo: “El agua clara”, “El alma pura”, “El área cubierta”, “El acta falsa”, “El ágora griega”, “El aguaviva venenosa” y muchos otros casos similares.
Están también los llamados sustantivos comunes, en los que el masculino y femenino se dan solamente a través del artículo: “El artista / la artista”, “el suicida / la suicida”, “el mártir / la mártir”; mientras que “la víctima” se utiliza indistintamente para el varón como para la mujer. No siempre es posible, como pretenden algunos grupos, agregarles una simple /a/ a ciertos sustantivos para así feminizarlos. O, dicho con mayor precisión, para volverlos del sexo femenino. Un ejemplo claro fue cuando entre nosotros asumió una mujer al cargo de Canciller. Muchos comenzaron a decir “la cancillera”, cuando en realidad este término no es, ni remotamente, el femenino de “canciller”, sino significa “cuneta o canal de desagüe en las lindes de las tierras labrantías”, según el diccionario de la Real Academia Española.
Creo que queda demostrada la independencia que existe entre el género y el sexo. No se puede acusar, entonces, a una lengua que posee, y lo utiliza, el recurso del género, frente a otros idiomas que no lo tienen. No significa esto que estoy menoscabando esas lenguas, sino simplemente hacer más visible el hecho de que disponemos de un elemento destinado a enriquecer la expresión. Por lo tanto, sería una necedad propiciar una destrucción del género en nombre de una pretendida igualdad de los sexos, que no se podría dar, nunca, simplemente, por el cambio de un sustantivo o de un artículo.
Se aduce con frecuencia en las discusiones relacionadas con este tema, que las lenguas son dinámicas, que se van transformando constantemente de acuerdo a las necesidades de la época; ante la presión social, económica y, muy especialmente en la actualidad, por la presión científica y tecnológica. El mundo de la cibernética nos plantea enormes problemas de vocabulario. Incluso ha hecho desaparecer la /ch/ como letra igual que la /ll/ y hasta el momento ha resistido victoriosamente todos los embates la /ñ/.
Evolucionar significa ir hacia adelante, mejorar las condiciones presentes, avanzar. De ningún modo puede significar ir hacia atrás, porque eso sería una involución. Una lengua se comporta de manera homogénea, coherente y sintética. Esto último significa que la lengua tiende a expresar con mayor precisión más contenidos con la menor cantidad de elementos. Ni en el lenguaje escrito y mucho menos en el hablado, se me ocurre que tengamos que multiplicar los vocablos para lograr el nivel de igualdad entre los sexos que se pretende, sin correr el riesgo de atentar contra esas características que mencionaba. 
Por un lado ya hemos visto la independencia que existe entre género y sexo. Ahora me referiré a la insistencia casi enfermiza con que se redactan algunos informes, artículos periodísticos, discursos, documentos; utilizando esta modalidad que atenta contra la coherencia, la homogeneidad y la síntesis del idioma. Para ello se siguen algunas variantes. Entre ellas están las que disocian el plural en sus dos elementos constitutivos: “las niñas y los niños”, “los profesores y las profesoras”, “los alumnos y las alumnas”. Otra forma es la de ahorrar tiempo y espacio escribiendo “los/as niños/as”, “los/as profesores/as”. Se le puede sumar un caso extremo en el que se sustituye la vocal final por el de la arroba, un signo que ha sido popularizado por el uso del correo electrónico. Su construcción visual parece insinuar una /a/ encerrada en una /o/. Con eso, muchos creen que están sintetizando la terminación femenina y masculina. Pero el grave problema que presenta es que dicho signo, que nombra una medida de peso caída en desuso, no es fonetizable como tal. Estas modalidades presentan la dificultad de llenar el texto de tantos signos con los que tropieza la vista, que con frecuencia dificulta la percepción del sentido de las diferentes frases y la comprensión total del texto. Muchas veces hay que volver hacia atrás, leer de nuevo, tratar de prescindir de las barras y los /as/ y los /os/ de por medio para lograr una buena comprensión de lo que se está leyendo. Tanto esta modalidad como la de la arroba violan el principio de síntesis y echan por tierra una de las peculiaridades sociales del idioma, una característica diría yo, casi religiosa, como es la lectura en voz alta.
Creo que para entender mejor el problema voy a leerles un fragmento de “El celoso extremeño”, una de las novelas ejemplares de Cervantes, que he reescrito siguiendo los postulados de la llamada “perspectiva de género”. Dice así: “Viéndose, pues, tan falto de dineros, y aun no con muchos amigos y amigas, se acogió al remedio que a muchos otros perdidos y otras muchas perdidas en aquella ciudad se acogen que es el pasarse a las Indias, refugio y amparo de los desesperados y las desesperadas de España, iglesia de los alzados y de las alzadas, salvoconducto de los homicidas y de las homicidas, pala y cubierta de los jugadores y de las jugadoras (a quienes llaman “ciertos” y “ciertas” los peritos y las peritas en el arte), añagaza general de mujeres libres y hombres libres, engaño común de muchos y de muchas y remedio particular de pocos y de pocas” (7).
Como el párrafo es corto se ha podido mantener una cierta coherencia en el desdoblamiento del plural en sus formas masculina y femenina. Pero si tomamos textos actuales, concebidos ya dentro de la “perspectiva de género”, encarados sin mucho rigor, tenemos otros resultados. Por ejemplo el siguiente artículo periodístico: “No es la primera vez ni será, seguramente, la última, que en esta columna de diálogo a distancia con nuestros colegas educadores y educadoras del Paraguay nos referiremos con admiración y cariño a las ‘andanzas extraprofesionales’ de algunos, o de muchos, de los maestros y maestras paraguayas que honran a su profesión de educador, a su condición de ser humano y cristiano y, por supuesto, a su condición de auténtico patriota” (8).
En estas cinco líneas, el autor atenta contra el principio de síntesis, el de homogeneidad y el de coherencia del idioma. Si opta por el camino de decir “educadores y educadoras”, “maestros y maestras”, pues también tiene que decir, para ser coherente y otorgarle la homogeneidad a su texto: “maestros y maestras paraguayos y paraguayas “, “profesión de educador y de educadora”, “nuestros colegas y nuestras colegas”, “de algunos y de algunas”, “de muchos y de muchas”, “cristiano y cristiana”, “auténtico y auténtica”. Con esto, posiblemente las cinco líneas podrían aumentar hasta a ocho. Y lo que es peor, innecesariamente.
Textos similares al citado se encuentran con frecuencia en libros de estudio que utilizan nuestros hijos y que han sido debidamente aprobados por el ministerio correspondiente. No sé si nuestros hijos varones saldrán más tolerantes con las mujeres y menos discriminatorios. Lo que sí es seguro es que saldrán con un conocimiento erróneo de nuestra lengua y con un uso equivocado de sus principios. Creo que vale la pena hacer una pequeña digresión y señalar que este sistema de utilización de la lengua no ha mejorado en nada la conducta de los estudiantes. Los ejemplos más claros están en los colegios, tanto públicos como privados que tradicionalmente estaban reservados a los varones o a las mujeres y fueron transformados en mixtos. En todos ellos se registraron conductas violentas –y en muchos se siguen registrando– por parte de unos y de otras, en contra de la integración. En este caso, por lo menos, no se ha logrado que el uso de la lengua termine rigiendo la conducta de quienes la utilizan.
El siguiente ejemplo está tomado de un libro de texto del noveno grado que se encuentra vigente. Bajo el título de “La juventud: un nuevo movimiento social”, leemos: “Nunca en la historia los y las jóvenes, como grupo social definido, tuvieron tanta importancia como en la segunda mitad del siglo XX (…) El surgimiento de grupos musicales como los Beatles, que imponían no sólo su arte, sino también un estilo de vida, hizo que los y las jóvenes se sintieran identificados más allá de su frontera geográfica (…) Los hippies enarbolaban valores como la paz, el amor, la hermandad (…) Aunque los medios de comunicación muchas veces nos presenten a los y las jóvenes preocupados solamente por la diversión y el consumo, la realidad es que muchos jóvenes orientan sus búsquedas organizadamente…” (9).
En estos fragmentos del texto elegido al azar, ya que son frecuentes a todo lo largo del libro, vemos la forma en que se atenta contra la síntesis, la coherencia y la homogeneidad del idioma. Dice “los y las jóvenes se sintieran identificados”. Textualmente lo que leemos es que las jóvenes no se sintieron identificadas como lo hicieron los varones. Sigue hablando de “los hippies” que enarbolaron valores como la paz, el amor, etcétera, olvidándose de “las hippies” que jugaron un papel muy importante dentro del movimiento. Se queja el autor de que los medios de comunicación presentan muchas veces a “los y las jóvenes preocupados”, excluyendo así a las mujeres y declarando sólo a los varones preocupados por la diversión.
Hace varios años, en 1999 para ser preciso, mi hijo estaba en el tercer grado y le ayudaba yo en su tarea de dictado. Usábamos un libro de textos preparado por la Fundación En Alianza. La lectura hacía referencia a un día de paseo de un grupo de chicos y estaba escrito de acuerdo a esta modalidad, “los niños y las niñas”. Luego concluía diciendo: “Los niños y las niñas van de paseo. Algunos van en bicicleta y otros van caminando”. Mi hijo escuchó atentamente la frase que le acababa de dictar, dejó el lápiz a un costado y me preguntó: “Papá, ¿y qué pasó con las nenas? ¿No se fueron al paseo?” Un texto mal escrito no sólo le está transmitiendo al alumno un conocimiento equivocado, sino, además, le puede producir una marcada angustia, ya que, a mitad del paseo, las niñas desaparecieron y los niños, sin ningún remordimiento, siguieron la excursión “unos en bicicleta y otros caminando”.
Creo que es de suma gravedad que los libros de texto que les son entregados a nuestros hijos estén redactados con errores fundamentales. Les estamos enseñando equivocadamente el uso de nuestra lengua. Por ende, les estamos enseñando a pensar mal.
Sería ingenuo ignorar que existe una discriminación sexual, que es grave, y no una discriminación gramatical, que sería perderse por las ramas en lugar de atacar el problema en sus bases. También es necesario reconocer que la discriminación existe en ambos sentidos. Si volvemos al mismo ejemplo anterior, los varones del Colegio Nacional de la Capital rechazaron a las mujeres que ingresaron al colegio, del mismo modo que las alumnas del Colegio Nacional de Niñas rechazaron a los varones que se matricularon en dicha institución.
Con frecuencia nos perdemos en los detalles en lugar de encarar lo esencial. El lenguaje –no la lengua– sin lugar a dudas, refleja una serie de conceptos, ideas, prejuicios, sentimientos de una sociedad determinada. Incluso las expresiones idiomáticas y las jergas dentro de una misma sociedad, reflejan tales ideas, sentimientos y prejuicios.
Así pues, mientras se afanan en obligarnos a decir “los niños y las niñas”, se olvidan de otros hechos que son realmente graves y que ponen en evidencia esa discriminación que no tiene nada que ver con la gramática ni con la lengua en sí, sino, por el contrario, con el uso que hacemos de ella. Por ejemplo, hay expresiones masculinas cuyas correspondencias femeninas indican una suerte de degradación en perjuicio de la mujer. Entre esas palabras tenemos “fulano / fulana”, “prójimo / prójima”, “hombre público / mujer pública”, “mancebo / manceba”. Los términos significan hechos muy diferentes. Tómese como ejemplo claro el de “hombre público”, que se refiere a un hombre destacado, un estadista, un hombre encumbrado. Mientras que la “mujer pública” es lisa y llanamente una prostituta.
También existen adjetivos o pronombres que aplicados a un hombre o a una mujer adquieren significados contrarios.
“Un hombre galante” significa un varón educado, de buenas costumbres, atento. Mientras que “una mujer galante” es una manera de decir que se trata de una prostituta.
“Un cualquiera” es un hombre exactamente eso: un hombre cualquiera. Mientras que “una cualquiera”, es una mujer de vida fácil.
“Un hombre honesto” hace referencia a la vida económica y a los negocios de un varón. “Una mujer honesta” hace referencia a su vida sexual (10).
También se tiene un trato peyorativo de la mujer cuando, al mencionarla nada más que por su apellido, se le antepone el artículo “la”. Por ejemplo, cuando en la prensa se hace referencia a un político y se le trata solamente por su apellido, se dice: González, Martínez, Pérez, Rodríguez. Pero cuando se trata de una mujer, con frecuencia se dice: “la” González, “la” Martínez, “la” Pérez, “la” Rodríguez; que suena de manera peyorativa, porque se está subrayando que se trata de una mujer y no de un hombre, que sería lo natural.
Una manera efectiva de sacar conclusiones acerca del idioma, es cambiar palabras, unas por otras o bien cambiarlas simplemente de lugar dentro de la oración. Podemos llegar de este modo a situaciones absurdas, difíciles de explicar. Por ejemplo, si estamos formando parte de un grupo de personas en el que hay varones y mujeres, ¿cómo tenemos que decir? De acuerdo a la tendencia actual lo correcto es decir “nosotros y nosotras”. Es correcto que el varón diga “nosotros”, pero no puede decir “nosotras” porque se estaría incluyendo, equivocadamente, en el sector femenino del grupo. Lo mismo pasaría en el caso de que la mujer diga “nosotras y nosotros”, porque se estaría incluyendo ella en el sector masculino del grupo.
El mismo horror que nos causa ver la manera indiscriminada en que se talan los bosques, convirtiendo en áridos desiertos lo que hasta hace muy poco eran selvas húmedas; ese mismo horror debemos sentir cuando se agrede a la lengua, tratando de empobrecerla en base a criterios equivocados. Se debe tener presente que la lengua no es sólo el principal medio de comunicación que tenemos los seres humanos, sino además es portadora de valores esenciales de nuestra cultura. De allí que todo intento de defenderla de la irracionalidad y la barbarie debe ser visto, no como un simple academicismo, o una extravagancia preciosista, sino, por el contrario, como el intento legítimo de defender uno de los principales soportes de nuestra cultura. No podemos poner a nuestra lengua al lado de aquellas muchas otras lenguas que se extinguen, por decenas, cada año. No podemos permitirlo, pues el castellano ha dado –y sigue dando– obras de trascendental importancia dentro de la cultura occidental, ya sean el “Quijote” y las “Novelas ejemplares” de Cervantes, los poemas de León Felipe, las novelas de Pío Baroja o los relatos de Jorge Luis Borges.
Estamos en presencia de una contradicción, que a mi juicio es dramática, ya que a fuerza de querer suprimir lo que algunas personas piensan que es la parte sexista del idioma, en realidad se lo está transformando en una lengua sexista, puesto que se busca anular el género para sustituirlo por el sexo, tal como lo ilustraba en el ejemplo que hacía alusión respecto al inglés.
Es cierto que en toda revolución deben caer necesariamente algunas cabezas. Pero que no rueden cabezas inocentes. Y la lengua es la más inocente de todas ellas, aún cuando la lengua se haya convertido en uno de los ejes principales de todas las revoluciones, pero no como guillotina, sino como herramienta indispensable del pensamiento revolucionario.
Ante esta agresión inmisericorde que sufre en estos días nuestra lengua, con la intención no de enriquecer, sino de empobrecer sus posibilidades expresivas; ante esta creencia de que una gramática puede ser sexista y por eso se pretende violentar estructuras que llevan más de cinco siglos de vigencia, estamos en presencia de una sutil paradoja, ya que el varón más rudo, más áspero, más brusco, más duro, más vigoroso, seguirá proyectando por siempre una sombra femenina. Mientras que la mujer más hermosa, más dulce, más sensible, más tierna, más cariñosa, llevará siempre metido en su pecho un corazón masculino.

 

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(1) DARWIN, Charles. “Viaje de un naturalista alrededor del mundo”. Madrid: Miraguano Ediciones, 1998. p. 200
(2) Citado por Bartolomeu Meliá S. J. en “La lengua guaraní en el Paraguay colonial”. Asunción: CEPAG, 2003. p. 259
(3) ALLARCOS LLORACH, Emilio. “Gramática de la Lengua Española”. Colección Nebrija y Bello. Edición de la Real Academia Española. Madrid: Espasa Calpe, 1999. p. 72
(4) Ib. p. 73
(5) The American Heritage Dictionary. Boston: Houghton Mifflin Company, 1982. p. 553
(6) GARCÍA MESEGUER, Álvaro. “¿Es sexista la lengua española”. Barcelona: Paidós Papeles de Comunicaciones, 1994. pp. 68, 69
(7) MIGUEL DE CERVANTES SAAVEDRA. “Novelas ejemplares”. Madrid: Edaf, 1986. p. 301
(8) Diario ABC Color, suplemento. “El ABC Escolar”. Asunción, 26 de junio de 2005
(9) “Ética y educación ciudadana-9”. Fundación En Alianza. Asunción: Santillana, 2004. pp. 88, 89
(10) GARCÍA MESEGUER, Álvaro. “¿Es sexista la lengua española”. Barcelona: Paidós Papeles de Comunicaciones, 1994. p. 31

 

D. Jesús Ruiz Nestosa es Académico de Número de la Academia Paraguaya de la Lengua Española y Correspondiente de la Real Academia de Madrid.

Boletín de la Academia Paraguaya de la Lengua Española – Volumen 3, 2006

 

 

 

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