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El Quijote y el Derecho

D. José Antonio Moreno Ruffinelli

 

¿Y por qué hablar del Quijote y el Derecho? Quizá debiera explicarles que para mí son las dos grandes pasiones intelectuales de mi vida: la Literatura y el Derecho. La Literatura, a la que fui llevado de la mano por el recordado y venerado padre César Alonso de las Heras, a quien tuve la suerte de rendirle en vida, poco antes de morir, un homenaje, por supuesto más que merecido, no sólo en nombre de los ex alumnos del Colegio San José, sino de todos los paraguayos, que debiéramos rendirle homenaje permanentemente, de pie, por su aporte a la cultura y en especial a las letras del Paraguay.
Y el Derecho, mi otra pasión, al que he abrazado no solamente como profesión, sino con un fervor intenso. Y hablar del concepto del Derecho es un tema aparentemente fácil. Pero, en verdad, no lo es. En verdad páginas y páginas se han escrito para tratar de explicar lo que es el Derecho. Cada jurista que leemos trata de darnos su concepto, cómo funciona, para qué sirve. Cuál es su importancia en la sociedad. Y así vemos que algunos dicen que es un conjunto de reglas, otros que es un ordenamiento de normas, otros que es una práctica social. En fin, están los positivistas y jusnaturalistas, quienes discuten hasta hoy sobre la conexión entre el derecho y la moral. Mientras que estos últimos dicen que son principios revelados al hombre por la razón, los otros argumentan que solamente es derecho lo que está escrito en normas. Mientras que los unos hablan que el derecho debe ser justo, los otros dicen que la valoración de la norma no es materia del derecho, sino de la deontología. En fin, no quisiera cansarles con temas que a veces se ponen densos y que son, sobre todo, materia de discusión entre los justilósofos.
Debo reconocer, sin embargo, que yo tampoco he escapado de la tentación de dar mi concepto del derecho y, en algún libro que escribí, dije de él que es el conjunto de principios y normas que permiten que el hombre pueda vivir en justicia.
Vemos, pues, que para una corriente importante, el derecho no tiene sino un objetivo, que es la justicia. Y para otros, simplemente, es una práctica social para ordenar la vida del hombre en sociedad. Pero yo no les voy a hablar extensamente sobre las muy agudas y sesudas disquisiciones de los juristas. Les voy a decir solamente, tratando de interpretar a todos, buscando un denominador común, que el derecho es, finalmente, el buen sentido, el sentido común, que no es siempre fácil de encontrarlo, ni aun entre sus estudiosos.
¿Y qué es el libro don Quijote de la Mancha? Pues, para mí es el libro del buen sentido. Por ahí es por donde quiero orientar esta charla, porque, luego de varias lecturas de dicha obra, cada una más enriquecedora que la otra, pude apreciar en varios pasajes de él cómo se enlazan el Quijote y el Derecho, cómo conviven, y de ello deducimos por qué hasta hoy sigue tan vigente, tan vital como hace cuatrocientos años.
Porque en este año se cumplen cuatrocientos años de la primera edición del libro “Don Quijote de la Mancha”, que fue en 1605. Y quizá sea bueno recordar, y digo recordar porque estoy seguro de que todos ustedes saben, pero a veces uno olvida algunas cosas, ciertos detalles de la vida de su autor, don Miguel de cervantes Saavedra.
Nació éste en 1547 en Alcalá de Henares. Estudió en Sevilla, luego fue a Madrid, donde tuvo como profesor a alguien que era un amante de Erasmo de Rotterdam, aquel que había escrito precisamente “Elogio de la locura”. Por eso, muchas veces se ha pensado y dicho que don Quijote era un loco. Y, sin embargo, cuán lejos está de ello, pues a mi entender, y conforme trataré de demostrar, él es lo contrario de un loco. Era el hombre, y lo repetiré muchas veces en esta charla, del buen sentido. El hombre que lucha por los ideales. Y así discurriré sobre algunos aspectos de la obra, para corroborar este aserto.
Cervantes, luego de su breve paso por Madrid donde fue a buscar trabajo, se enrola en el ejército real y va a Italia. Pelea en la que sería luego conocida como la famosa batalla de Lepanto, donde es herido en la mano izquierda y allí se gana el apodo de “El Manco de Lepanto”. Luego de concluida la batalla y cuando regresaba a España, su barco es asaltado por los moros y es apresado por éstos. Fue conducido a Argelia, donde quedó preso por más de cinco años. En la cárcel intentó, en repetidas oportunidades, fugarse, pero nunca pudo concretar el escape porque o había algún soplón que delataba sus planes o porque alguna otra circunstancia fortuita le impedía hacerlo. Hasta que un día vino un sacerdote dominico, amigo suyo, y pagó quinientos ducados por su libertad, ya que ésta era la suma que pedían por su rescate.
Este pago fue hecho justo a tiempo, pues ya estaban próximos a llevarlo a Turquía como esclavo, donde no sabemos qué le depararía el futuro. Liberado, pues, vuelve a España y trata de conseguir empleo en las Cortes. Pero esa no era tarea fácil, y se encontró, en consecuencia, en una situación embarazosa, complicada, pues debía abonar la deuda a quien había pagado por su liberación. Estaba pobre, sin dinero y con una enorme deuda que pagar.
Luego de mucho trajinar consigue empleo en Sevilla como comisario y recaudador de impuestos, pero dado su desorden como administrador, manejando cosas de las que poco entendía, va a la quiebra por no poder rendir cuentas en forma. En esa época existía la prisión por deudas, de modo que fue de nuevo a parar con su humanidad a la cárcel. Pero no de mala fe, sino producto de su poco cuidado en la administración, pues su febril mente estaría, probablemente, ya concibiendo la obra que habría de inmortalizarlo, y no estaba para números, que le eran absolutamente complicados.
En esa terrible circunstancia, detenido, nuevamente sin libertad, comienza a escribir poemas, casi todos olvidados, y obras de teatro. Pero en ese momento aparece en el firmamento de la literatura española, Lope de Vega, seguramente uno de los más brillantes escritores de teatro del Siglo de Oro español, y Cervantes se da cuenta de que frente a este insigne autor, nada tiene que hacer él como escritor de teatro. Pese a ello, su inquieta y febril imaginación no se detiene, y busca refugio en la novela. Y escribe varias que han pasado casi inadvertidas, aunque algunas de ellas ya de algún valor, como la Galatea y otras, que han sido un aporte importante a la literatura, pero que, al lado del Quijote, solo son estudiadas como parte de su obra previa, en la que afinaba la técnica de escribir este género que sería el que, finalmente, lo consagraría. Dicen que comenzó a escribir el Quijote estando en la cárcel de Argamasilla de Alba. No hay, empero, datos muy precisos al respecto, pero es posible que así sea, pues el ocio lo espantaba y es probable que llenase su tiempo escribiendo.
Muchos piensan que la vida novelada del Quijote es precisamente la vida del propio Cervantes, ya que ésta fue de aventuras, de penurias, de amores fracasados, pero, al mismo tiempo, plena de ideales, de lucha contra las adversidades.
El entorno de Cervantes también es importante destacar, ya que él vivió entre el apogeo y la decadencia del Imperio español, y ese marco también dejó trazos indelebles en su obra. Esa España gloriosa en la que no se “ponía el sol” en las palabras de Carlos V, comenzaba a desmoronarse lentamente, merced a las alianzas de otras casas reales, recelosas del crecimiento del Imperio español.
Recordemos lo que dice un crítico de la obra: “Don Quijote tenía un fuerte deseo de representar un papel noble y heroico en la vida. Enderezar entuertos, ayudar a los desdichados y hacerse así famoso, mientras el posadero – Sancho – se contentaba con tomar el mundo tal cual estaba”.
Ese era el enfoque de toda la novela. El idealismo frente a la realidad. Por eso no dudamos de que de esa confrontación nace la novela a la que yo llamo el libro del buen sentido.
Pero volviendo a nuestro tema, vemos que don Quijote, es, en primer lugar, el gran exaltador de la libertad.
El derecho a la libertad es el derecho primario que tenemos todos los hombres. Y, ¿qué nos dice el Quijote al hablar de ella? “La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra se puede y se debe aventurar la vida y por el contrario el cautiverio a los hombres”.
Puede percibirse de esta hermosa frase el inmenso amor que sentía por la libertad y lo que el autor habría sufrido, el tremendo impacto que le causó el estar en cautiverio varias veces, el perder “el más preciado don del hombre”, su propia libertad.
Puede notarse que él se adelanta en un siglo a las corrientes que darían nacimiento al liberalismo como doctrina política. Escribe estas palabras a comienzos del 1600, más de ciento setenta años antes de la Revolución Francesa, que fue la más excelsa proclamación de la libertad: “Libertad, igualdad, fraternidad”.
Se adelanta también más de ciento setenta años a la revolución norteamericana. A los “fundadores” norteamericanos que escribieron la Constitución liberal que sirviera de modelo a tantas otras en el mundo. Se anticipaba a Kant, el gran filósofo de la libertad, y a los grandes propulsores de esta corriente: Stuart Mill, Benjamín Constant, Russeau, Montesquieu y tantos otros. Percibía, pues, con su fino sentido, que solamente en libertad el hombre podía desarrollar todas las potencias del alma.
En el capítulo XXII de la novela, don Quijote ve cómo doce hombres son llevados presos a los galeotes, y ya sabemos lo que significaba esta pena en esa época. Era la muerte civil, y ésta implicaba que desaparecían como personas. Perdían todos sus derechos. Entonces don Quijote les dice a sus custodios: “Pero, porque sé que una de las partes de la prudencia es que lo que se puede hacer por bien, no se haga por mal, quiero rogar a estos señores guardianes y comisarios sean servidos de desataros y dejaros ir en paz; que no faltarán otros que sirvan al Rey en mejores ocasiones; PORQUE ME PARECE DURO CASO HACER ESCLAVOS ALOS QUE DIOS Y NATURALEZA HIZO LIBRES”(las mayúsculas son mías).
Sin ser jurista, sin embargo, enarbola un principio fundamental del derecho natural, con esa frase final en la que patentiza toda la fuerza de sus convicciones. Proclama el derecho a la libertad sin discriminación alguna, pues, repito lo que dijo, todos los hombres nacen libres por obra de Dios y la naturaleza.
Pero también ¡oh! Naturaleza humana, el mismo se encarga de demostrar cómo los hombres también somos a veces tan desgraciados. Y esos presos, a quienes con sus gestiones él había conseguido liberar, se vuelven contra él y lo apedrean. A esto responde el Quijote, con esa hidalguía que lo caracteriza en toda la obra: “De gente bien nacida es agradecer los beneficios y uno de los pecados que más ofende a Dios es la ingratitud”.
Más adelante, veremos otros párrafos en los que don Quijote se refiere a la libertad cuando hablemos de los refranes.
Hay luego un capítulo extraordinario, escrito sobre lo que hoy los politólogos llamarían el buen gobierno. Es en el que don Quijote la da a Sancho los consejos cuando va a tomar posesión del cargo de gobernador de la ínsula Barataria. Vean ustedes esas expresiones: “Nunca te guíes por la ley del encaje”. ¿Cuál era ésta? La arbitrariedad. Nunca seas arbitrario en el ejercicio del poder. Nunca abuses de los poderes que te confieren. La autoridad está al servicio del bien común. No ejerce bien el poder quien abusa de él. Solamente obrando con prudencia y sabiduría se alcanzan los objetivos y metas que nos llevan a la felicidad de los pueblos. Nunca con arbitrariedad.
“Hallen en ti más compasión las lágrimas del pobre, pero no más justicia que las alegaciones de los ricos”. Imagínense en el momento que expresa estas ideas. La plenitud de estos conceptos basados en la equidad como valor de juzgamiento de las acciones. Esa equidad que era ya desde los griegos un valor, un concepto deontológico, cobra vida y fuerza inusitada en estos consejos del idealista, andariego, impenitente buscador de la justicia que fue el Quijote.
Dice más adelante: “Si acaso doblares la vara de la justicia, que no sea con el peso de la dádiva sino de la misericordia”.  No te dejes sobornar Sancho, le está diciendo. No caigas en la debilidad humana de vender la justicia por un plato de lentejas. Ya en esa época las dádivas corrompían los débiles espíritus humanos, y contra eso le alertaba sabiamente. Te va a rondar por todas partes, pero recházalo siempre, se lee muy claramente entre líneas.
“Cuando te sucediere juzgar algún pleito de algún enemigo, aparta las mientes de la injuria y ponlas en la verdad del caso”.  Con esto nos dice el Quijote que el juez tiene que ser absolutamente objetivo, imparcial, despojarse de cualquier prejuicio contra las partes y dedicarse solamente a administrar justicia. Se nota, pues, a todas luces, que lo que quería el Caballero era que Sancho fuera un gobernador justo. No olvidemos que en esa época la función de juzgar le era otorgada a los gobernadores, pues no había todavía la clásica división de poderes.
Pero le dice aún más cosas, que quizá no tengan ya hoy día la importancia de aquél entonces, pero que sigue siendo siempre una buena regla de urbanidad. “No andes, Sancho, desceñido y flojo, que el vestido descompuesto da el ánimo desmalazado” (descuidado sería hoy).
Consciente soy de que el hábito no hace al monje, pero ayuda, eso es indudable. El cargo, la dignidad del mismo exige cierto cuidado en la manera de presentarse, aunque sé que no lo es todo. Pero aún siendo una cuestión formal, es importante tenerla en cuenta.
“Toma con discreción el pulso a lo que pudiera valer tu oficio”. La humildad al servicio del buen gobierno. El gobernante no debe ser arrogante, sino todo lo contrario. La fortaleza nace de la conducta, de sus acciones, de su carácter y no de otro tipo de consideraciones ni de actitudes soberbias, que tienen precisamente en los representantes un efecto negativo. Y más aún en esa época en la que los gobernantes tenían poderes discrecionales sobre la vida y bienes de sus súbditos.
“Sea moderado tu sueño, que el que no madruga con el sol, no goza del día”. Recomienda con esto el Quijote a los gobernantes que sean trabajadores, que se dediquen por entero a la tarea de lograr el bien común, que den el ejemplo a sus pueblos. Recomienda, pues, que pongan todo de sí para hacer un buen gobierno.
Pero dice al respecto del buen gobierno aún más cosas, y esta frase que viene es un concepto fundamental para los funcionarios públicos hasta hoy. Es el concepto de la idoneidad, principio consagrado en la propia Constitución como básico para dicho efecto: “Que mal parece en los gobernadores no saber leer ni escribir”. Y aunque parezca una contradicción – no lo es – le dice más adelante. “Que nadie se tome con el gobernador, porque saldrá lastimado”. Es el principio de respeto a la autoridad. De modo que por un lado le pide humildad y por el otro firmeza en las decisiones que debe tomar como gobierno. Es que don Quijote sabía que toda decisión de gobierno es de opciones, y el buen gobernante debe hacerlo por aquella que más beneficie a los ciudadanos, a que obedezca siempre al concepto del bien común, tan bien explicado por Santo Tomás de Aquino, y luego magistralmente desarrollado por Francisco de Vitoria.
“Si mal gobernares, tuya será la culpa y mía la vergüenza”. Es el derecho que tenemos de reclamar a la autoridad que hace un mal gobierno. Aunque lo expresa de manera casi poética, es de tal fuerza que produce un enorme impacto en quien la lee. Es el representado (hoy el pueblo) el que exige a su representante (el gobierno) que cumpla con las expectativas mínimas de lo que ha prometido hacer.
Luego de escuchar con atención Sancho estos sabios consejos, próximo ya a asumir el cargo, le contesta al Caballero: “Y si se imagina que por ser gobernador me ha de llevar el diablo, más me quiero ir al cielo, Sancho, que gobernador al infierno”. Y le responde el Quijote: “Por estas razones mereces gobernar mil ínsulas. Buen natural tienes sin el cual no hay ciencia que valga”. Nuevamente don Quijote nos está dando una prueba más de que su libro es el del buen sentido. Pues acepta Sancho los consejos con humildad, con la misma que debe caracterizar a todos quienes gobiernan.
Pero luego recorren juntos la isla, y continúa el Quijote con sus consejos: “Cuando amanece, para todos amanece”. ¿Qué principio es éste sino la igualdad ante la ley? Principio que hoy está consagrado en todas las constituciones del mundo, aunque con diferentes raseros. Igualdad en el pago de los tributos. No hay fueros ni títulos de nobleza. Todos tenemos derecho a la salud, a la educación, a la seguridad. Y podrían citarse aún muchas más disposiciones en este sentido.
También le advierte a Sancho sobre el delito de perjurio: “Si a este hombre le dejamos pasar libremente, mintió en su juramente y, conforme a la ley, debe morir. Y si le ahorcamos y él juró morir en la horca, habiendo jurado la verdad, debe ser libre.” El perjurio es un delito penado en todas las legislaciones, pues mentir al juez puede llevar a éste a dictar un fallo injusto. Esa es la razón fundamental del castigo de este delito. Y una vez más el Quijote muestra su inmenso amor a la justicia.
Y en el mismo camino, replica Sancho: “Cuando la justicia estuviese en duda, me decantase y acogiese la misericordia”. Tres siglos y medio después, el gran jurista uruguayo Eduardo Couture, que escribió el decálogo del abogado, nos dice: “Lucha por el derecho, pero si encuentras un conflicto entre el derecho y la justicia, lucha por la justicia”. Un principio del derecho natural que, aunque discutido por los positivistas, comprende una gran humanidad.
Caminando por la ínsula, insiste con sus consejos, que yo remarco por su permanente actualidad, lo que hace del libro una obra inmortal: “Para ganar la voluntad del pueblo que gobiernas has de hacer dos cosas. La una, ser bien criado con todo, ya te lo he dicho, y la otra, procurar la abundancia de los mantenimientos, que no hay cosa que más fatigue el corazón de los pobres que el hambre y la carestía”. Es luchar por el desarrollo y la justicia social de modo a desterrar para siempre la lacra de la extrema pobreza y proyectarse a un futuro con esperanzas. Dar trabajo y bienestar para todos los gobernados. Hacer todo lo que esté a su alcance para llevar a su comunidad el progreso y el bienestar.
Y finaliza sus consejos con sabiduría: “No te muestres aunque por ventura lo seas, aunque no lo creo, codicioso, mujeriego, glotón. Porque sabiendo el pueblo y los que te tratan tu inclinación, por allí te darán batería hasta derrumbarte en el profundo de la perdición”.
Templanza, moderación, mesura en todo tu accionar. No caer en vicios perniciosos porque el gobernante es el espejo en el cual se mira la ciudadanía, y si el mal ejemplo viene de arriba, nada se puede exigir al pueblo.
En otro capítulo del libro del Quijote se habla de la libertad de conciencia, en un momento en que la humanidad vivía la reforma y contrarreforma religiosas. Era 1605, época de la decadencia española y el ascenso del imperio de los Hasburgos, con su peculiar enfoque de estos temas religiosos, vistos más desde la perspectiva política que de aquélla, y que habría de desembocar luego en la llamada guerra de los treinta años, que terminó con la paz de Westfalia, que dio origen a una nueva Europa y al nacimiento de los Estados nación. Decía a este respecto: “Salí como dije de nuestro pueblo, entré en Francia y aunque ahí nos hacían buen acogimiento, quise verlo todo. Pasé a Italia y llegué a Alemania y ahí me pareció que podía vivir con más libertad, porque en la mayor parte de ella se vive con la libertad de conciencia”. Quiero, sin embargo, aclarar que hay quienes interpretan esta expresión con otro sentido.
El Quijote se refiere, en otro capítulo, al derecho al trabajo digno. “Venturoso aquél quien el cielo dio un pedazo de pan sin que le quede la obligación de agradecerle a otro que al mismo cielo”. Con esto nos enseña que debe trabajarse dignamente, y que el trabajo debe ser remunerado. Al referirse a los bienes del cielo, en el fondo lo que significa es que quien lo tiene se lo ganó con su esfuerzo, y que, por tanto, no tiene más que agradecer al “cielo”, que no es sino su propia dedicación a ganarse el pan honradamente.

LOS REFRANES DEL QUIJOTE REFERIDOS AL DERECHO

He encontrado, en varios pasajes del libro que don Quijote, oportunos refranes, cuando quiere decir algunas cosas.
“Al buen pagador no le duelen prendas”. A quien está convencido de que debe pagar sus cuentas no le importa que le pidan garantías, pues conoce su capacidad de endeudamiento y no le preocupa este hecho. Pero los pícaros, aquellos que no tienen la intención de atender sus obligaciones contraídas, sí que no las quieren dar, porque saben que corren el riesgo de perder lo que ofrecían en garantía.
“Allá van leyes do quieren los reyes”. Son consejos para los legisladores, que deben siempre preocuparse por dictar leyes que beneficien al bien común. Era muy frecuente que las más de las veces las leyes no eran para satisfacer el interés general sino los caprichos del rey que entonces era el legislador, pero puede aplicarse muy bien al principio de que éstos deben tener como mira el bien común antes que cualquier otra circunstancia. Las leyes no deben ser arbitrarias, sino justas, valoración, sin embargo, que es discutida por un grupo de filósofos quienes niegan que a la norma debe valorarse.
“A otro perro con ese hueso”. Nos habla aquí el Quijote del dolo. Pues esto no es sino toda astucia, maquinación, engaño para inducir a la otra parte a celebrar un acto jurídico, que de conocer la verdad nunca lo hubiera realizado. El Quijote advierte, pues, con este sabio consejo: cuídense de quienes pretenden, con argucias, engañarlos.
“A cada pecado nuevo, penitencia”. Este es un principio claro del derecho penal, que no puede aplicarse sino una pena ya prevista en la ley por cada delito cometido. Y si vuelve a cometer otro deberá juzgársele por ese, y no por el anterior que ya tiene su propio juicio y correspondiente pena.
También nos vuelve a hablar del concepto de la idoneidad en otra frase cuando nos dice: “Bien está San Pedro en Roma”. Cada cual debe ser ocupado en el lugar que sea y para lo que está preparado a hacer. Condición que, como dijéramos, está consagrada en todas las constituciones, y su falta de cumplimiento conlleva muchas veces fracasos que son inexplicables. La mala utilización de los recursos humanos es lo que hace fracasar los gobiernos.
En la época en que el matrimonio era indisoluble, ya que pocas legislaciones admitían el divorcio, el Quijote dice: “Cada oveja con su pareja”. Era la regla, pues que los matrimonios no podían disolverse y a eso apunta el refrán. Quizá hoy día nos parezca extraña esta situación, porque hubo cambios culturales en esta materia. Pero para aquel entonces era un refrán muy válido.
“Cuando te dieren la vaquilla corre con la soguilla”. Esta es la donación, similar a aquel otro refrán que no es de él, que nos dice: “A caballo regalado no se le miran dientes”. Como se sabe, en las donaciones no pueden reclamarse los vicios redhibitorios.
Dos frases espectaculares sobre la honradez en el desempeño de las funciones públicas. Es el no a la corrupción, azote que tanto mal ha hecho a nuestros países. “Dádivas quebrantan penas” es la una y la otra cuando Sancho se retira y deja el cargo de gobernador de la ínsula Barataria: “Desnudo nací, desnudo me hallo, ni pierdo ni gano”.
Sancho se retira de la ínsula tal como llegó a ella, sin haberse enriquecido ilícitamente en el ejercicio del poder, de ese poder que en la expresión de lord Acton, todo lo corrompe.
Defiende don Quijote con uñas y dientes la honra de las personas. Esa honra que tantas veces es injustamente mancillada, que tanto dolor produce en el afectado, que seguramente la ha cuidado como uno de los bienes más importantes que posee. El derecho al honor está protegido por la Constitución, y cualquiera que quisiera salpicar el honor de otro tiene que pagar con pena privativa de libertad o multa, según la apreciación del juez. Y nos dice a este respecto: “El hombre sin honra es peor que un muerto”. Cuánta verdad encierra este aserto, aunque a veces vemos a muchos que la han perdido, que siguen tan campantes como si nada. Pero en la época de las novelas de caballería, el honor debía quedar a salvo siempre, o si no quien lo perdía, no era un “caballero”.
“El que no puede ser agraviado no puede agraviar”. Es la inimputabilidad en materia penal. Un niño, o un demente son inimputables, y por esa razón tienen en la ley un tratamiento especial. No pueden agraviar porque precisamente carecen de discernimiento que es uno de los presupuestos para distinguir entre lo que está bien y lo que está mal. Pero ya percibía el fino instinto de don Quijote esa circunstancia, muchos siglos antes que las nuevas corrientes del derecho se percataran de ella.
Pero también se refiere a los contratos. Esta institución considerada la reina de las instituciones del derecho civil, que se basa en el acuerdo de las voluntades, que debe ser claramente expresada por las partes que intervienen en él, en virtud del principio de la lealtad del contratante, de la buena fe que campea en esta materia, ya fue, con el buen sentido del Quijote, percibido por él cuando decía: “Eso pido y barras derechas”. Claridad en la oferta, y en la aceptación. Y, por supuesto, también en el cumplimiento del acuerdo.
Un principio del derecho procesal confiere singular importancia a la prueba escrita. Incluso en un proceso de valoración de pruebas, de acuerdo con los principios de la sana crítica, el juez al hacerlo, le da mayor importancia que a las declaraciones de testigos. Es que éstas son muy subjetivas. Se basan en la percepción que tenemos de los hechos a través de nuestros sentidos, de la vista, del olfato, del gusto, del oído, del tacto. Cada uno los percibe de manera diferente. Algunos ven más que otros, algunos tienen mejor escucha que otros. Un mismo hecho presenciado por varias personas, casi con seguridad será relatado de distinta manera por cada una de ellas, o por el ángulo en que se encontraban, por tener una ubicación diferente en el momento del hecho o por haber visto solamente parte de él, o simplemente, porque lo cuentan como lo vieron. Por eso el Quijote dice: “Hablen cartas y callen barbas”. El valor de la prueba escrita. LO escrito, escrito está, y no puede variarse. En ello está el acierto del Quijote en ese refrán.
Nuevamente el Quijote se despacha contra quienes injurian contra quienes agravian, contra quienes piensan que el valor del honor no tiene sentido. Y nos dice: “Los agravios despiertan cólera en los más humiles pechos”. Se refiere expresamente al delito de injuria tan bien tipificado hoy día en el derecho penal. La libertad de decir lo que uno quiere tiene como contrapartida la responsabilidad de tener que enfrentar sus dichos cuando lesionan el honor o la dignidad de las personas. Y en esto el Quijote es implacable, aun siendo reiterativo.
Hemos recorrido en este brevísimo tiempo algunos puntos en los que el Quijote nos habla del derecho. Podría hablarse mucho más, pero no quiero cansarlos.
Yo creo que, a pesar de sus cuatrocientos años, don Quijote sigue vivo. Sigue vivo, cabalgando entre ustedes. Cabalgando entre nosotros, entre todos aquellos que aspiramos un ideal de justicia. Y entre todos aquellos que sabemos que el ideal de justicia solo se puede alcanzar a través del derecho. Agradezcamos, pues, al Quijote, el habernos dado estos sanos consejos, y agradezcamos al derecho la oportunidad que nos brinda de vivir en una sociedad con paz y con seguridad.

 

 

D. José Antonio Moreno Ruffinelli es Académico de número de la Academia Paraguaya de la Lengua Española y Correspondiente de la Real Academia de Madrid.

                               Boletín de la Academia Paraguaya de la Lengua Española. Volumen 3, 2006

 

 


 

 

            

 

 

 

 

 

 

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